lunes, 30 de diciembre de 2013

La princesa rusa XI


                                    La búsqueda

 

Poco más tarde, los dos colombianos abandonaban el piso dejando los tres cadáveres dentro. Bajaron al portal y salieron sigilosamente.

Fredo tenía claro que debían de comenzar la búsqueda de la puta rusa sin ninguna pérdida de tiempo; el pistolero calculó, que si el ruso se había escapado de madrugada y en las condiciones tan pésimas en las que se encontraba, debía de haber tardado un buen rato en recorrer la distancia que separaba el piso donde tenían el cuartel general los mafiosos de Glaskov y donde ellos les habían acorralado, hasta la calle Estrella. Quizá hubiese llegado ya entrada la mañana y dadas las condiciones en las que se encontraba el cadáver, era muy probable que hubiese sido así, por lo qué la joven ya hacía rato que estaría enterada de que alguien la perseguía y ya llevaría alguna hora, como mínimo, huyendo. Demasiado. Si no era tonta, en todo ese tiempo ya podría estar muy lejos de allí.

Caminaron durante un buen rato por las calles de Madrid hasta que se alejaron lo suficiente de la calle Estrella y entraron en un bar donde tomaron dos cervezas frías. Sin tiempo para apurarlas, Fredo entregó la foto de Sofía a Daniel y le dio la orden para que pusiese en marcha el dispositivo de búsqueda. Daniel sabía perfectamente lo que tenía que hacer, dejó su jarra de cerveza sobre la barra y salió a la calle.

Fredo tenía gran confianza en su joven compatriota, ahora solo era un joven sicario con la mano suficientemente fría como para poder disparar muy certeramente sobre cualquier cosa que interrumpiese su camino, pero seguro que pronto, si la muerte no decidía llevarle con ella, podría seleccionar a sus víctimas y ganar mucho dinero. Pronto podría convertirse en un autentico pistolero, en un autentico asesino a sueldo.

Daniel, a sus veintitrés años, llevaba afincado ya un tiempo en Madrid, desde que Fredo descubriese sus excelentes cualidades en la lejana Colombia y decidiese llevarle como colaborador a España. Siempre estaba dispuesto a servir a Fredo, al que rendía plena pleitesía. En menos de una hora, el joven sicario, se encargaría de que la descripción de la putita volase entre el grupo de jóvenes colombianos y de otros países que tenía bajo su control.

Cabía la posibilidad de que la chica estuviese desorientada y perdida, por lo que el dispositivo de Daniel tenía bastantes posibilidades de éxito.

Fredo estaba casi seguro de que el grupo de Daniel sería suficiente para dar con los huesos de la putita y no tener que utilizar otros contactos, que aunque más poderosos, también podrían suponer un riesgo para su integridad física y profesional.

Terminó su cerveza y salió del bar. No quería perder ni un solo segundo, cogió un taxi e indicó al taxista la dirección del chalet que la prostituta ucraniana le había dado, allí intentaría obtener información por su cuenta de la hija del mafioso moscovita mientras esperaba noticias de Daniel. Solo por si acaso, porque aquel asunto tenía toda la pinta de ser un trabajo fácil que además, le iba a reportar una buena cantidad de plata, ya qué cuando se trataba de vengar la sangre, los capós no escatimaban en dinero.

 

viernes, 13 de diciembre de 2013

La princesa rusa X


                                     Obligado a matar

 

Yoli se acababa de levantar después de sentir algo de ruido por la casa, y tras comprobar que no había nadie despierto, había ido directamente a la cocina. Aún llevaba el fino camisón estampado con el que dormía mientras se preparaba una abundante ensalada que acompañaría con una fina loncha de Jamón York. De buena gana se comería dos grandes filetes de cerdo bien fritos o dos grandes hamburguesas acompañadas con un gran montón de patatas fritas, pero tenía que cuidar la línea.

Yoli tenía casi veintiocho años y era una hermosa mujer de bonitos y grandes ojos azules, una gran boca con unos labios sensuales y carnosos, y una corta melena rubia ligeramente rizada que le daba un aspecto bastante juvenil, que junto con su bien cuidada figura, le hacían pasar de sobra por una chica bastante más joven, pero si no cuidaba su cuerpo, con su edad y después de haber tenido dos hijos, enseguida se podrían notar los excesos y alguien podría decir que ya no valía para la prostitución, o al menos, ganando el dinero que ganaba ahora. Y necesitaba ese dinero. No le gustaba lo que hacía, pero toda su familia incluyendo sus dos niños, dependían del dinero que ella les mandaba.

No se lo pensó dos veces cuando le dijeron que tenía la posibilidad de ganar mucho dinero en la lejana Europa Occidental, Francia, Italia... y salir de aquella miseria que prácticamente estaba haciendo que toda su familia, incluidos sus hijos, se muriesen de hambre. Sabía que querrían que se prostituyese, pero no le importaba si había una buena compensación económica a cambio.

Hacía algo más de dos años que había abandonado Ucrania y aunque mantenía una gran tristeza, sobre todo por no ver a sus hijos diariamente, el saber que allá no les faltaba de nada con el dinero que ella mandaba, recompensaba en parte esa tristeza.

Además, le quedaba dinero de sobra para salir y disfrutar de la vida, algo que antes, en todos sus años de juventud, apenas había podido hacer.

Realmente lo pasaba bien con Irina, su compañera, que ahora dormía plácidamente en su habitación. A veces le costaba mantener el impresionante ritmo de Irina, que con veinte años estaba en la plenitud de la vida, y a veces tenía que recurrir a la cocaína para poder aguantar, pero solo a veces.

Irina vivía la vida a tope. Era una de las chicas que mas copas tomaba con los clientes y de las que más pasaba a los reservados y por lo tanto, de las que más dinero ganaba. Y después del trabajo, a seguir la marcha por Madrid. Irina no parecía que hubiese dejado familia en Ucrania y si tenía, desde luego no parecía que quisiese saber nada de ella. Tenía un gran cariño por aquella joven alocada.

Sin embargo, la otra chica. Apenas hacia quince días que se habían cambiado a aquel piso y esa chica siempre parecía estar triste y melancólica. Aquello no era fácil para la mayoría de ellas, pero había que llevarlo con optimismo y Sofía, que así se llamaba la chica que vivía en el piso, no parecía aceptarlo. No sabía que problemas tendría aquella chica, era agradable y respetuosa, pero parecía que le costaba entablar amistad con ellas y nunca quería salir a divertirse por ahí... Era una joven extraña, pero la muy zorra, tan calladita y parecía que se estaba ligando a uno de aquellos mafiosos.

Yoli empezó a comerse su ensalada en la cocina, cuando escuchó como alguien abría la puerta de la entrada. En principio se quedó extrañada porque no era día para que viniesen a recogerlas para trabajar, y aun así, era demasiado pronto y además, ellos casi nuca subían al piso. Enseguida empezó a sentir algo de inquietud.

La cocina era la habitación más próxima a la entrada, por lo que a través de la puerta abierta y sin apenas poder seguir pensando en quien podría ser, vio a los dos hombres. Uno era muy moreno y bastante apuesto. El otro era de color, un color marrón claro, y aun más atractivo que su compañero. Ninguno de ellos pasaría de los treinta y tantos años y por supuesto, no eran ninguno de los hombres rusos que venían a recogerlas para llevarlas al trabajo.

La ucraniana, sin poder recuperarse de su sorpresa, vio como el gigante mulato, mientras su compañero seguía andando sigilosamente por el pasillo, se dirigía a ella con una amable sonrisa, aunque entrañaba muy poca confianza.

-Tranquila no venimos para causaros ningún daño. Simplemente nos mandan vuestros chulos -dijo el mulato sonriente y muy suavemente en español con un incuestionable acento sudamericano-. Mi amigo y yo queríamos echar unos buenos polvos y nos han dicho que aquí encontraríamos tres preciosidades que estarían encantadas de atendernos.

Yoli supo enseguida que el sudamericano mentía intencionada y descaradamente y empezó a sentir miedo, bastante miedo.

-Pero todavía no es nuestra hora de trabajo -contestó temerosamente.

-Os recompensaremos muy bien por las molestias encanto. ¿Cómo te llamas?

-Yoli.

-Yoli ¿eh? -repitió el hombre acercándose a la chica, poniendo sus manos sobre las mejillas sudorosas de ella y acariciando su blanca piel con los dedos pulgares-. Yo soy Fredo, pero dime Yoli, ¿estás sola?

La mujer sintió las manos de aquel hombre sobre su cara al tiempo que el miedo daba paso a un intenso terror. El negro debía de medir cerca de los dos metros y a su atractivo innegable, se unía un semblante en su cara, que a Yoli le pareció de una gran crueldad. No pensó en mentir.

-Tan solo están mis dos compañeras... Durmiendo.

-Muy bien, vayamos a buscar a tus compañeras.

Fredo soltó la cara de la chica y salieron de la cocina en busca de las otras dos jóvenes.

El compañero de Fredo se encontraba al final del pasillo, justo donde éste doblaba en ángulo recto hacia la derecha. Vigilando. Yoli pudo ver que tenía una pistola en la mano y notó como las piernas leempezaban a temblar ligeramente.

Comenzaron a andar y a cada indicación de la ucraniana sobre que habitación era, Fredo le hacía una señal para que abriese la puerta lentamente. El cuarto de baño. Vacío. La habitación de Yoli. Vacía. La habitación de Irina. Yoli abrió la puerta despacio y Fredo detrás suyo, distinguió entre la poca luz que entraba en la habitación, como una silueta femenina yacía desnuda muy plácidamente sobre la cama. Yoli volvió a cerrar despacio y el pistolero hizo un gesto a su compañero. Al final del pasillo, el salón, espacioso y plenamente iluminado por el sol de septiembre. Vacío. Doblaron el pasillo hacia la derecha. Quedaban dos habitaciones. La primera, un pequeño cuarto tan solo lleno de trastos. Llegaron a la última habitación. Fredo percibió un olor que creyó reconocer, penetrante y desagradable.

-La habitación de Sofía -indicó Yoli débilmente.

Sofía. Esa era la hija de Glaskov.

-Abre despacio -indicó Fredo.

Yoli, a pesar del miedo, percibió aquel desagradable hedor y no pudo contener un grito ahogado cuando abrió la puerta. La luz encendida permitía contemplar el cuerpo inerte de uno de los hombres que las llevaban al chalet, tendido sobre la cama y en cuyo cuerpo resaltaban de una manera sombría y siniestra, las heridas y la sangre reseca.

Fredo reconoció enseguida al ruso que se les había escapado de una manera infantil y enseguida imaginó que la chica ya no estaría allí. Aquel cabron le habría avisado y la zorrita habría huido. Se le complicaba el trabajo y no sabía cómo reaccionaría don Ignacio cuando se enterase que la hija del Glaskov se les había escurrido de las manos de una manera infantil después de haber quedado plenamente satisfecho cuando él mismo, le informó de que tenían localizada a la hija del asesino de su hijo --ojo por ojo, diente por diente--, y el capo pensó que podría vengarse de la mejor manera posible: sirviendo al mafioso ruso la cabeza de su propia hija en bandeja de plata, además de las de sus matones.

Debía de encontrarla o don Ignacio podría llevarse un gran disgusto.

Y ahora, por culpa de aquel ruso rebelde, debía matar también a las dos putas. No quería que cuando encontrasen el cuerpo de aquel hombre y la policía interrogase a las dos mujeres, éstas les informasen y les describiesen a los dos hombres sudamericanos que habían estado allí aquella tarde. No le hacía mucha gracia matarlas, no porque le importase lo más mínimo la vida de aquellas zorras rusas o de donde fuesen, sino porque contra mas muertos fuese dejando por el camino, más posibilidades había de que la policía española le siguiese el rastro. Se habían desecho de los cuerpos de los otros rusos sin demasiados problemas, nadie iba a reclamar los cuerpos de dos soldados rasos de la mafia rusa, al menos en España, pero no podían ir deshaciéndose de toda la gente que fuesen matando y esparcirlos por la tierra de aquel país como si fuesen basura, tarde o temprano podrían cometer algún error y tendrían a toda la policía pisándoles los talones.

Fredo registró los bolsillos del hombre muerto y después, echó un vistazo por la habitación. No había nada interesante salvo... El colombiano se fijó en la foto que había encima de la mesilla. Una preciosa jovencita reía felizmente al lado del muerto mientras cruzaban por un pequeño puente de madera con el suelo cubierto de tierra.

Fredo cogió la foto y dirigiéndose a Yoli la preguntó quién era aquella joven.

-Es Sofía -contestó tímidamente.

El colombiano rompió con sus manos enfundadas en guantes de plástico el bonito marco de madera que Sofía había comprado con un especial cariño para enmarcar la foto que les hicieron a la entrada del zoo y doblando la foto, ya fuera del marco, se la metió en uno de sus bolsillos.

Continuaron registrando el apartamento muy por encima --Fredo tenía claro que la chica ya no se encontraría en él-- y cuando terminaron, el colombiano de color se quedó con Yoli en el salón, mientras su compañero iba en busca de Irina.

Yoli permaneció de pie en medio del salón, sudorosa y con el pánico a flor de piel, mas aun después de haber encontrado el cuerpo de uno de sus jefes muerto y mutilado en la habitación de Sofía. No esperaba que fuese a suceder nada bueno.

Fredo se acercó a ella sin perder el aire de amabilidad que había mantenido durante todo el tiempo que llevaba en el apartamento, pero con aquel extraño semblante que a la mujer se la antojaba bastante cruel y que le aterrorizaba de una sofocante manera.

-Bien Yoli, supongo que habrás hablado con la chica de esa habitación antes de que se fuese -le dijo con una voz amable pero que a Yoli se le antojaba igualmente siniestra.

Al oír aquello, la ucraniana imaginó que aquellos hombres estaban allí por Sofía y pensó que aquella podría ser su oportunidad para salvarse de lo que pensaran hacerlas.

-No, le juro que no la he visto desde que llegamos de trabajar. Nos fuimos las tres a dormir y me he levantado después de escuchar unos ruidos, pero no he visto a nadie y he pensando que ella seguiría durmiendo en su habitación. Se lo juro.

En ese instante, entró el compañero de Fredo sujetando fuertemente de un brazo a Irina que permanecía desnuda, apuntándola con su revólver, pero la muchacha en vez de parecer atemorizada, protestaba airadamente con cara y gestos de pocos amigos.

Yoli miro a su amiga y por un momento, le hizo gracia aquella situación. Aquel peligroso matón apuntando a su amiga desnuda con una pistola, mientras ella, en vez de sentir miedo, protestaba y hacía gestos de rebeldía con todo su cuerpo. Realmente sentía gran admiración por aquella joven. Irina a sus veinte años era toda vitalidad y encima, era una mujer realmente hermosa. Tenía una preciosa melena de un rubio oscuro que hacía que su bello rostro fuese aun mas radiante y atractivo, correspondiéndose muy armoniosamente con su impresionante figura, cuyas partes más llamativas eran sus senos grandes y hermosos, pero en absoluto desproporcionados y perfectamente redondeados y erguidos.

-Daniel, haz que se calle -dijo tranquilamente Fredo a su compañero.

Daniel obedeció. Soltó fuertemente su puño contra el rostro de la chica que de inmediato cayó hacia tras sin apenas tener tiempo para soltar ningún grito. De su boca y nariz comenzó a manar abundante sangre. Daniel sin prestar demasiada atención al liquido rojo, juntó violentamente los dos brazos de la joven por detrás de su cuerpo y los ató a la altura de las muñecas con unas finas bridas, mientras Irina, aun con su rostro ensangrentado y reflejando una mezcla de sorpresa, dolor y miedo, continuó protestando, pero ahora mas débilmente, protestas que quedaron definitivamente apagadas cuando Daniel sacó un gran pañuelo y la amordazo fuertemente. Después, ayudándose de otras bridas, esposo sus piernas a la altura de los tobillos y seguidamente empujó a la joven a uno de los sillones de una plaza que había en el salón. Irina quedo tenida de cara al sillón, ofreciendo la parte trasera de su cuerpo desnudo. Siguió haciendo esfuerzos por moverse y continuó emitiendo sonidos ya ininteligibles por su boca tapada y prácticamente llena de sangre, pero inútilmente, porque apenas conseguía zarandearse algo en el sillón.

Fredo se volvió nuevamente hacia Yoli.

-Entonces dices que no sabías que Sofía se había marchado. No me lo creo Yoli. Veras, te vuelvo a repetir que no queremos causaos excesivo daño. Hemos llegado a un acuerdo con vuestros chulos por echar unos polvos con vosotras, con las tres. Entiendes -Fredo hizo una pausa y se aproximó a Yoli comenzando a bajar los tirantes de su camisón hasta que este cayó al suelo-. ¿No me vas a decir dónde ha ido la otra chica?

Yoli no pudo aguantar más y por fin, su terror se transformó en un amargo llanto y las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos.

-No lo sé, de verdad... no nos hagan daño por favor -sollozó mientras continuaba mirando aterrada a su compañera.

Fredo suponía que decía la verdad, aunque la experiencia le decía que esas putas conseguían crear entre ellas una verdadera amistad que a veces, las hacia mentir por sus amigas hasta la muerte. No pensaba que este fuese el caso, pero total, las tenía que matar y quizá, aterradas, les pudiese sacar algún pequeño dato que podría ser muy valioso para encontrar a la hija del ruso.

-Bien, veamos cual de tus compañeras te importa mas -Fredo ató las manos de Yoli por detrás sin ningún miramiento, al igual que había hecho Daniel con Irina, y tirando de sus brazos hacia abajo, le ordenó que se pusiese de rodillas.

-Por favor -volvió a suplicar la chica ya entre abundantes lágrimas mientras sentía una fuerte presión en sus brazos y un fuerte dolor en sus hombros. Yoli se arrodilló por fin con la mirada puesta en su amiga que justo al otro lado de la pequeña mesa de madera, aun se movía en el sillón, aunque con bastante menos energía.

Fredo se situó de pie al lado de la mujer, mientras hacia un gesto a Daniel que se encontraba junto a Irina. Este, al instante, introdujo el cañón de acero de su revólver por el orificio que ofrecía el cuerpo de Irina y empezó a moverlo violentamente. La joven, sin poder hacer otra cosa, empezó a mover todo su cuerpo lo más enérgicamente que podía sobre el sillón, mientras que de su boca tapada y llena de sangre intentaban salir inequívocos lamentos.

Fredo se apartó por un momento de Yoli y volvió a preguntarla pos su compañera huida y ella volvió a negar entre sollozos y lamentos, que no sabía nada de Sofía. Enseguida, el pistolero volvió a hacer un gesto a su compañero que de inmediato giró a Irina en el sillón de una manera no muy suave y esta vez, la joven quedó tendida boca arriba. En sus ojos se advertía una estremecedora expresión de angustia, dolor y terror. Ya había desaparecido la expresión de rebeldía que la chica tenía en su cara cuando el matón colombiano la condujo al salón.

-Por favor, no la hagáis sufrir más -suplicó tristemente Yoli-, no sabemos nada de ella. Era una chica extraña y apenas nos hablaba.

-Sabrás por lo menos si tenía algún amigo o amiga con los que se viese.

-No, no salía con nadie, salvo con ese hombre que está muerto -contestó ella que permanecía de rodillas, con la esperanza de que aquella revelación las salvase la vida.

Conmovedor, pensó Fredo. Así que el ruso escapó para avisar a su amorcito de que uno de sus propios amigos la había delatado.

-¿Y donde trabaja Sofía? -preguntó el hombre-, porque sabrás al menos donde trabajaba, ¿verdad?

-¡Sí! -exclamó la mujer con un nuevo atisbo de esperanza en su voz y rápidamente le dio la dirección del chalet, que Fredo memorizó al instante.

Menos era nada. Fredo estiró su cuerpo en un gesto de relajación. La diversión había terminado. El colombiano puso su mano sobre la cabeza de Yoli y apretando fuertemente su nuca, la obligó a quedar tendida sobre la pequeña mesa de salón; la chica jadeaba débilmente, sin moverse, y con la cabeza ladeada, no vio como Fredo sin decir palabra, sacaba su pistola automática y la acercaba a unos escasos centímetros de su nuca.

El disparo silencioso causo la muerte instantánea de la ucraniana.

Irina, al ver morir a su amiga, comenzó a mover su cuerpo frenéticamente de un lado a otro utilizando las pocas fuerzas que la quedaban, mirando aterrorizada como el matón se acercaba a ella y apuntaba la pistola a su cabeza.

 

 

sábado, 30 de noviembre de 2013

La princesa rusa IX


                                         El profesional

 

El taxi se detuvo en un lateral de la calle San Bernardo, muy cerca de la concurrida Glorieta de Ruiz Jiménez. Uno de los dos colombianos pagó al taxista con un billete de 20 euros y sin recoger el cambio, comenzaron a andar en dirección sur, acompañados del excesivo calor de los últimos días de aquel verano.

Fredo llevaba tres días en España. Hacía ya varios meses desde su última visita, concretamente a Madrid, ciudad que conocía bastante bien y donde a lo largo de su vida profesional, había tenido que realizar algunos trabajos.

Los dos hombres pasearon tranquilamente, sin ninguna prisa, mezclados entre la diversidad de gente que confluía por aquellas calles madrileñas y que parecían no tener ningún miedo al calor del mediodía.

Cuando llegaron a la altura de la calle Estrella, doblaron la esquina hablando amigablemente, sin fijarse en la bella joven de pelo castaño recogido en una gran coleta y con una pequeña bolsa de deporte al hombro, que igualmente mezclada entre la gente y con la cabeza baja, doblaba la otra esquina en dirección contraria a la de los dos colombianos.

Enseguida dejaron de hablar y distraídamente comenzaron a mirar los números de los portales. Cuando encontraron el portal deseado, el compañero de Fredo se puso un fino guante de plástico y abrió la puerta con una de las llaves que llevaba en el bolsillo del pantalón, montaron en el ascensor y comenzaron a subir al segundo piso.

Fredo nunca había tenido ninguna simpatía por aquellos rusos. Sí, siempre los habían dejado una gran cantidad de dinero con la coca, pero también había tenido claro que no debían mezclarse con ellos en otros asuntos; por eso, cuando don Ignacio le llamó y le dijo con una gran seriedad y sin que en su voz se pudiese vislumbrar ningún atisbo de dolor o aflicción, que su hijo pequeño había sido asesinado en España y que quería las cabezas de todos los asesinos sin excepción, ya se imaginó que podía ser cosa de los rusos.

Nada más llegar a España quedó certificada su teoría, cuando después de gastar unos cuantos miles de euros en información, supo que los asesinos de Ramón había sido un grupo de rusos -tres o cuatro- que trabajaban en España colocando putas en locales de lujo. Por lo visto, Ramón había acordado con los rusos, a cambio de una buena cantidad de dinero, entregarlos un grupo de jóvenes sudamericanas, desaparecidas en sus lejanos países de manera misteriosa, para que las explotasen en los clubs que ellos empleaban para las putas rusas, pero la policía había echado a perder la operación y descubierto al grupo de mujeres cautivas. Había habido algunas detenciones, pero Ramón, el hijo de don Ignacio, había conseguido librarse de las garras policiales. Los rusos no habían querido pagar la cantidad acordada si no había mujeres y al parecer, eso no le había sentado muy bien a Ramón que había querido cobrarse el dinero a toda costa, incluyendo la fuerza de las armas. Eso le había costado la muerte.

Fredo no sentía en absoluto la muerte de aquel joven estúpido y alocado, pero era el hijo pequeño de don Ignacio y éste era un hombre muy poderoso para el que llevaba mucho tiempo haciendo trabajos; además, le pagaba muy generosamente cuando tenía que hacerle algún encargo.

Esta vez, el gran capo colombiano quería la cabeza de todos los implicados en el asesinato de su hijo y el amigo de éste, y de paso, intentar que también pagasen el dinero de las putas.

No había sido difícil encontrar la guarida de los rusos. Fredo tenía importantes contactos en España y con unos cuantos dólares y el empleo programado de su capacidad de persuasión, casi siempre descubría lo que quería saber y siempre realizaba su trabajo en tiempo récord. Por eso, era una de las personas más solicitadas por los capos colombianos y de otros países para realizar ese tipo de trabajos en la vieja Europa, sobre todo en España.

Había conseguido el dinero, bastante información obtenida entre el papeleo que habían recogido en el piso de los rusos, y la cabeza de los asesinos de Ramón. Salvo la de uno. Todavía no se explicaba como aquel miserable había conseguido huir en las condiciones tan pésimas en las que se encontraba. Pero daba igual, estaba prácticamente muerto y no iría muy lejos, probablemente su cadáver aparecería en cualquier calle, tirado en el suelo. A cambio, había conseguido saber que la hija de uno de sus jefes estaba muy cerca de allí. No iban a ir a Moscú a por el tal Glaskov, pero si tenían a su hija. O casi. La tenia trabajando en Madrid como prostituta. La hija de un gánster ruso haciendo de puta. Era gracioso pero no era la primera vez que oía una cosa así, quizá al ruso no le importase demasiado la muerte de su hija, pero su cabecita sería una buena advertencia para que ese tal Glaskov y sus amigos se enterasen de que con don Ignacio no se juega y no se toca a nadie de su familia. Al fin y al cabo la chica llevaba su misma sangre.

Fredo y su compañero salieron del ascensor y se dirigieron a la puerta del piso donde debería de encontrarse la hija de Glaskov.

 

jueves, 14 de noviembre de 2013

La princesa rusa VIII


                                       Sin mirar a tras

 

La joven rusa despertó con un gran mal estar y con la sensación, que ya había experimentado en más de una ocasión durante los últimos meses, aunque no tan intensa como en aquel momento, de que la muerte podría ser una magnifica alternativa a su lamentable situación.

No sabía cuánto tiempo había estado dormida en aquella posición, de rodillas junto a la cama, agarrando la mano de Alex y con su cabeza apoyada junto a la de él. Notó como la mano del hombre ya había perdido gran parte de su calor y comenzaba a estar rígida.

Sofía se incorporó con un extraño escalofrío en su cuerpo y se cubrió la cara con las manos. Permaneció así durante algunos minutos. Escuchando como la cruel angustia que la embargaba, campaba a sus anchas por todo su ser.

Volvió a mirar a Alex. Muerto. Con una horrorosa mueca mezcla de dolor y desesperación.

No pudo evitar volver a arrodillarse y llorar silenciosa y amargamente.

Aquel silencioso llanto consiguió relajarla y devolverla en parte a la cruda realidad. Esta vez la conciencia no la abandonó. Algo terrible había sucedido. Alex había muerto y su vida iba a cambiar nuevamente de una manera drástica, aunque ignoraba por completo de que manera. Una poderosa fuerza de su interior la impulsaba a acurrucarse y quedarse inmóvil en un rincón de aquella tenebrosa habitación esperando a que alguien, fuese quien fuese, le ordenase que era lo que debía de hacer para continuar viviendo.

No se acurrucó en ningún rincón. Hizo un terrible esfuerzo por comenzar a pensar y muy lentamente, consiguió que su cerebro empezase a considerar la situación a pesar del desconsuelo y la tristeza que persistían en su corazón y en su cabeza. Ya no podía hacer nada por Alex. Recordó amargamente el ultimo día que había pasado con él y como la dijo que tenían problemas, pero que los resolverían pronto. Por lo visto no había sido así.

Ahora, lo realmente importante era lo que podía hacer por ella misma. ¿Esperar por si venían los compañeros de Alex y le daban instrucciones de lo que debería hacer a partir de ese momento? Enseguida le vinieron a la cabeza las últimas y confusas palabras de Alex insistiendo en que huyese porque alguien deseaba matarla, pero ¿quién desearía matarla a ella? ¿Y por qué? ¿Habría sido el indeseable Andrei y su amigo Denis los culpables de aquello? Pero enseguida pensó en su padre. ¿Y si se había cansado de ella y había ordenado matarla y Alex, negándose a cumplir aquella orden, lo había pagado con su vida? ¿Debía de huir realmente? ¿Dónde iría? ¿Podrían ayudarla los chulos del chalet donde trabaja si no habían sido ellos los causantes de aquello? Sin duda, no. Si aquellos chulos se hacían cargo de ella, entonces su vida si estaría definitivamente arruinada.

A la tristeza y amargura que la invadían por la muerte de su consejero, empezaron a unirse un sin fin de dudas e indecisiones. Quizá lo mejor sería sentarse y esperar en el maldito rincón... Shirko. Alex le había nombrado junto con Barcelona y una extraña palabra... ¿Que habría querido decir? No tenía ni la más remota idea, pero... Sabía que Barcelona era una ciudad española junto al mar Mediterráneo algo retirada de Madrid, pero nada más y Shirko... Si estuviese vivo. Notó como su cuerpo se llenaba de una energía revitalizadora. ¿Debía de esperar realmente en un rincón a que llegase alguien y la volviese a dar instrucciones para continuar con aquella “mierda” de vida, ahora sin Alex? O, como había dicho él en sus últimas palabras, ¿esperar a que llegase alguien para matarla? ¿Cuántas veces había pensado en escapar y había sentido miedo de hacerlo? Muchas... Quizás fuese la ocasión...

Una pequeña luz se encendió entre la espesa negrura e instintivamente, miró de nuevo el cuerpo sin vida del hombre. Con él habían muerto todas sus últimas esperanzas de ser feliz y de que su vida cambiase en un corto periodo de tiempo.

Sofía, como hizo en aquel antro en sus primeros días en España, tomó una decisión, aunque esta vez con más precipitación. 

En muy pequeñas dosis aun, la resignación volvió a llegar a ella y su mente se llenó de algo más de claridad, entonces, se percató de que un débil pero cada vez más desagradable olor empezaba a poblar la habitación. ¿Cuántas horas habían pasado desde la muerte de Alex? No podía permanecer allí más tiempo, junto al cuerpo sin vida. Miró su reloj. Ya se había superado el mediodía y empezaba hacer bastante calor dentro de la habitación que mezclado con aquel olor, hacían que el ambiente comenzase a ser bastante desagradable. Abrió un poco la persiana y al instante penetraron un sin fin de luminosos rayos solares, pero demasiado poco aire.

Abrió la puerta de la habitación y se dispuso a salir.

Sus compañeras. Miró por el corto pasillo. Las puertas de sus habitaciones estaban cerradas y no se oía ningún ruido. Por lo visto, Alex había conseguido llegar hasta su habitación silenciosamente, sin que ellas se enterasen de nada y continuasen durmiendo. ¿Podrían ellas ayudarla? ¿Cómo? Realmente llevaban en el piso apenas 15 días y no había tenido demasiado tiempo de cruzar muchas palabras con ellas. Las chicas con las que ahora compartía el piso eran bastante más libres que ella y tenían una vida muy diferente a la suya, paraban poco tiempo en el piso, para dormir y poco más. Dudaba si sería beneficioso o perjudicial que ellas se enterasen de que uno de los hombres que las había introducido en el mundo de la prostitución, estuviese muerto en su habitación.

Cogió una toalla, ropa limpia y se dirigió al cuarto de baño intentando hacer el menor ruido posible. Se quitó la ropa manchada de sangre y se duchó rápidamente, se puso la ropa limpia y se dirigió nuevamente a la habitación.

Esta vez no percibió el cada vez más intenso olor a muerte mezclado con el ya sofocante calor, solamente percibió un intenso dolor en el pecho como si le clavasen algo punzante y ardiente. No pudo evitar que las lagrimas nuevamente comenzasen a recorrer sus mejillas, pero esta vez, mantuvo el domino sobre su desconsuelo. Rebuscó en uno de los cajones de la pequeña mesilla y enseguida encontró el dinero que había conseguido ahorrar durante aquellos meses, que aunque no era mucho, sin duda la iba hacer falta. Se metió el dinero en uno de los bolsillos de su pantalón vaquero y cogió una pequeña bolsa de deporte donde rápidamente metió sus escasas pertenencias.

Salió de la habitación con la pequeña bolsa colgada a su hombro, sin mirar el cuerpo inerte de Alex, poniendo todas sus fuerzas en apaciguar el amargo llanto que se había apoderado de ella desde que volviese a entrar en la habitación, sin percatarse, que desde la foto de la mesilla en la que ella y Alex entraban en el zoo madrileño aquel no muy lejano día, aunque con rostros sonrientes, los dos parecían mirarla con cierta preocupación.

 

 

 

 

miércoles, 30 de octubre de 2013

La princesa rusa VII


                                  Las últimas palabras

 

Las temperaturas nocturnas eran notablemente más bajas en aquellos últimos días de verano y hasta bien entrada la mañana, no comenzaba a apretar el calor, que por otra parte, volvía a ser sofocante durante las horas puntas del día.

Pero todavía quedaban algunas horas para que ese calor comenzase a ser molesto y Sofía dormía placenteramente desconectada totalmente del mundo. Sin soñar. Así era como más le gustaba dormir desde que estaba en España, de un tirón, sin enterarse de nada y... sin soñar.

Sobre todo sin soñar.

Aun cuando la mayoría de sus sueños desde su llegada a España tomaban la forma de pequeñas y punzantes pesadillas, a veces se colaba alguno en el que todo era tan maravilloso como real, como cuando se veía en su país, feliz, jugando con su hermana y su perro en el jardín de la casa de campo que su padre poseía cerca de la frontera con Ucrania, donde pasaba casi todos los veranos desde que abandonase Bulgaria.

Le encantaba pasar el verano en aquella inmensa y vieja casa, sin duda eran de los mejores días del año. Allí se juntaba con primos y familiares de edades parecidas a la suya a los que solo veía durante aquellos días y con los que se divertía y jugaba durante la época estival; y a esos veranos, a las agradables y suaves temperaturas a orillas del gran lago, debía el color ligeramente bronceado de su piel que la diferenciaba de otras muchas mujeres del este de Europa que tenían la piel mucho mas blanca.

Esos sueños eran los perores. Cuando despertaba y descubría que todo había sido falso y que solo se trataba de recuerdos que su mente extraía del subconsciente mientras ella dormía, siempre dispuesto a colaborar de una manera vil y traicionera y se daba cuenta de que continuaba siendo una olvidada prostituta lejos de su país y rodeada de gente desconocida y malvada, se llenaba de una densa amargura de desesperación donde la muerte podría ser el mayor de los placeres. Sofía, entonces, se sentaba en la cama haciéndose un ovillo y lloraba hasta que la relajación llegaba acompañada de la resignación.

Pero aquel día, aquella mañana en la que tan solo hacia unas horas que por enésima vez volvió a pensar en escapar mientras veía alejarse el coche de sus guardianes muy lentamente desde la puerta del portal y era observada de una manera melancólica por el regordete camarero desde el pequeño bar de la acera del frente, la joven rusa dormía sin que ningún sueño la perturbase, ni siquiera la preocupación que le había acompañado al no saber nada de su adorable Alex desde que éste la invitase a desayunar aquel delicioso chocolate con churros hacia ya algunos días, días en los que su cabeza no había dejado de preguntarse si le habría sucedido alguna cosa o se habría cansado de su pequeña relación. Deseaba con toda su alma que no fuese así, pero sobre todo, que no le hubiese sucedido nada malo.

Sofía en su dulce sueño, empezó a notar como alguien la zarandeaba suavemente intentando despertarla.

-Sofía despierta -escuchó lejanamente, aun prácticamente dormida.

Era la voz de Alex. Se alegró y una sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios mientras permanecía aun con los ojos cerrados. Permaneció adormilada, era su día libre y estaba segura de que aun era temprano. ¿Por qué quería despertarla a esas horas y no la dejaba dormir? Estaba muy cansada, pero aun quedaban muchas horas por delante para recobrar fuerzas. Así que daba igual. Se espabilaría y harían el amor allí mismo, en aquella habitación, si él lo deseaba.

-Despierta -volvió a repetir la voz de Alex.

La sonrisa desapareció de la cara de Sofía. Algo le pasaba a su voz.

Sofía intentó despertarse. Se removió entre las sabanas, abrió los ojos somnolientamente y vio la silueta de Alex junto a la cama. Y parecía mirarla. Entre la débil claridad que entraba en la habitación a través de la persiana casi totalmente bajada, la joven pudo apreciar en el rostro de su amigo que algo le sucedía.

Se despertó inmediatamente, como si le hubiesen echado un cubo de agua helada por la cabeza y comenzó a incorporarse mientras escuchaba nuevamente la voz de su consejero.

-Vístete Sofía tenemos que irnos enseguida.

Quedó paralizada. La voz sonaba desgarrada, como si la pronunciase con gran dificultad. Al instante, comenzó a sentir como una increíble amargura y desazón, le oprimían fuertemente el pecho.

Terminó de levantarse y puso sus manos en la cara del hombre. Su piel estaba ardiendo y empapada de sudor.

-¿Te ocurre algo Alex? -preguntó llena de temores e inquietudes.

-Debes huir Sofía... alguien quiere... matarte... -su voz cada vez sonaba más débil y menos inteligible.

¿Había dicho que alguien la quería matar?

La chica se separó rápidamente de él y accionó el interruptor de la luz. Alex se giró hacia ella intentando hablarle nuevamente.

Sofía por un momento quedó aturdida. Todos sus miembros se quedaron bloqueados impidiéndola realizar movimiento alguno. Toda ella se sumió en la más infinita desolación.

La joven absorbía y miraba con atención las cada vez más crudas imágenes que echaban en la televisión, de accidentes, catástrofes naturales, asesinatos, guerras..., como las personas quedaban esparcidas por el suelo con increíbles mutilaciones y heridas, sangrando abundantemente, escapándoseles la vida o ya carentes de ella. Eran imágenes aterradoras que no hacían nada más que mostrar el sufrimiento real de la gente. Pero eran imágenes que veía a través de un aparato. Nunca había presenciado in situ la muerte de nadie en alguna de aquellas circunstancias, ni siquiera había visto a  ningún herido de gravedad. Lo más cerca que había estado de ver a alguien en esas condiciones era a ella misma cuando Andrei se entretenía martirizándola.

Por eso no podía aceptar lo que veía y mas tratándose de aquel hombre por el que había comenzado a sentir un gran amor y que había sido prácticamente la única persona que en aquellos meses de penuria y amargura la habían tratado con respeto y cariño; aquel hombre con el que se había mezclado entre la gente de aquel país como si fuesen una pareja de felices enamorados y al que se había entregado en cuerpo y alma sin ningún tipo de reparo después de todo lo que había soportado durante aquel desagradable verano.

Sofía, con una expresión llena de terror y de dolor en su cara, se volvió a fijar en Alex. Llevaba un fino y elegante pantalón, similar a los que tantas veces le había visto durante aquel verano cuando la recogía o la llevaba al chalet y que combinaba con suaves camisas de seda o finos jerséis que le hacían aun más atractivo de lo que era, pero esta vez, la camisa blanca que llevaba puesta estaba teñida casi en su totalidad de un rojo que se movía y brillaba con una increíble fuerza y que se oscurecía siniestramente en uno de los costados del hombre. La cara de Alex siempre seria pero que igualmente reflejaba una increíble ternura y sinceridad, estaba completamente pálida, cubierta de gruesas manchas de sangre y de pequeñas e innumerables gotas de sudor. Uno de sus ojos, que siempre habían resplandecido con un azul intenso, estaba prácticamente invisible sumergido en un extraño grumo de carne hinchada y el ojo visible, había perdido su brillo y empezaba a vaciarse de vida. Una de sus manos estaba completamente inmóvil, morada e increíblemente inflamada, y uno de sus dedos había desaparecido dejando tan solo un pequeño muñón recubierto de sangre seca.

Alex alargó su brazo sano hacia la joven e intentó hablar nuevamente, pero esta vez, de su boca solo salieron sonidos ininteligibles mientras caía de rodillas en el suelo.

Sofía salió de su turbación cuando vio caer a Alex de rodillas y se precipitó rápidamente a su lado. Rodeó el cuerpo del hombre con sus brazos sin pensar si podría hacerle daño e intentó incorporarle con todas sus fuerzas y tumbarle en la cercana cama. Notó como Alex había perdido parte del ardiente calor que tenía tan solo unos segundos antes, cuando le había puesto sus manos en las mejillas. Tras unos interminables segundos y no sin un gran esfuerzo, consiguió tumbarle en la cama sin ni siquiera percatarse de que la sangre había manchado gran parte de su camiseta, su pelo y su cara. Se encontraba sumida en un oscuro estado de crispación y zozobra sin ser capaz de dar demasiado sentido a lo que estaba ocurriendo.

El hombre levantó nuevamente su brazo sano, no sin gran esfuerzo y agarró tan fuerte como pudo la camiseta de Sofía a la altura del pecho y tiró de ella hacia él. Dirigiéndola la mirada cada vez mas vacía de su único ojo útil, intentó hablarla nuevamente:

-Tienes que salir de aquí mi chiquilla -consiguió articular muy débilmente a la vez que su respiración se aceleraba de una manera incontrolada. Ya no sentía dolor pero había agotado todas las reservas de sus fuerzas. El hombre sabía que su vida se terminaba. Desde que mataron a aquellos dos colombianos, había presentido que sus vidas estaban en un grave peligro, porque sabía que eran importantes y que sus familias iban a venir a por ellos en pos de su venganza. Pero se habían visto obligados a rechazar su ataque. Por unos malditos dólares. Pero para Glaskov y sus socios, cualquier cantidad de dinero era importante, y, ¿quien se atrevía a rechazar una orden directa de la cúpula del grupo cuando hay en juego un puñado de dólares? Debían de cumplirla y ellos no iban a estar presentes para enfrentarse con los colombianos cuando se les negase el dinero. Pero antes de morir tenía que intentar que Sofía saliese de allí. Sofía. No le reprochaba a Omitri que en medio de las torturas que les infringían los colombianos, les hubiese suplicado que le matasen de una vez a cambio de cierta información, “la hija de uno de los hombres que les habían negado su dinero y por él que habían muerto sus compañeros, estaba en Madrid” les había confesado a los colombianos en medio del dolor. Omitri era su amigo y no se lo reprochaba. Él probablemente hubiese hecho lo mismo para evitar aquellas torturas si no hubiese querido tanto a aquella jovencita de la que se había enamorado prácticamente desde el momento en el que la dejó en aquel tugurio. Pensó que aquella tierna y dulce niña no sería capaz de aguantar aquello. Por estar enamorada. Antes de morir debía de avisarla del peligro que corría y decirla que su joven amor estaba aun vivo y no tan lejos de ella. Ahora, irían a por ella para torturarla, violarla y matarla, por ser hija del hombre por él que habían muerto asesinados dos jóvenes miembros de una importante familia de narcotraficantes colombianos, el mismo hombre que la obligaba a prostituirse. Pero eso a ellos les importaba muy poco.

Sofía no hizo ningún esfuerzo por soltarse de la mano de Alex y sin poder evitar que las lágrimas comenzasen a deslizarse por sus mejillas, intentó que algunas palabras franqueasen el espeso nudo que taponaba su garganta:

-Alex, tengo que llamar a un médico. No ves como estas... ¡Por Dios! ¡Te vas a morir!

La respiración de Alex se volvió hacer más lenta y Sofía notó como intentaba tirar más fuerte de su camiseta empapada de sangre.

-Quieren matarte... vete... –su voz cada vez parecía más debilitada-… tu Shirko... en Barcelona... Pasagess...

Sofía sintió como de repente la mano de Alex soltaba su camiseta y buscaba su mano. Ella la cogió y sintió la leve presión de la mano del hombre durante unos pocos segundos. Muy pocos.

Quería llorar, gritar que lo que estaba pasando no era real, no era verdad, pero sus miembros, sus sentidos, ya no tenían gobierno, no había fuerza en su corazón ni en su cerebro, solo desesperación.

Enseguida la mano de Alex dejó de apretarla definitivamente al tiempo que notaba como irremediablemente, un mundo de lleno de tinieblas la envolvía por completo.

 

 

 

miércoles, 16 de octubre de 2013

La princesa rusa VI


                                          El Consejero                                           

 

Desde la noche en la que Sofía visitó el apartamento de Andrei, el chulo ucraniano solo se acercó a ella a cuenta gotas, sin tocarla y solo para realizar algún comentario hiriente al oído de la joven y por supuesto, ella no comentó nunca a nadie lo ocurrido.

Y después de su aventura con el ucraniano, para su sorpresa, pudo disfrutar de algún día “bueno”, o verdaderamente buenos. Eran los días que pasaba en compañía de Alex, su “consejero”, el que además de su vigilante, se iba convirtiendo cada vez más en su amigo.

Desde que ella empezó a trabajar en el chalet, él continuó tratándola con afecto y aunque no siempre era él quien la recogía o la llevaba al trabajo, si lo hacía en muchas ocasiones y cada vez se hablaban con más afecto y confianza cuando recorrían el trayecto que separaba el piso del chalet o viceversa.

En las dos últimas semanas sus charlas del coche fueron dando paso a algún paseo por los alrededores del piso de la calle Estrella en los que Alex acompañaba a Sofía cuando esta realizaba sus compras en su día libre y alguna vez, habían cenado en algún restaurante cercano. Charlaban de infinidad de cosas, algo que había hecho que aquellos últimos días fuesen sin duda los mejores de Sofía en España. A ella le encantaba conversar sobre cualquier tema de una manera amena con personas de su agrado, algo que desde hacia tiempo no le resultaba fácil llevar a cabo, porque en el trabajo no le apetecía demasiado hablar y porque sus compañeras de piso, que eran con las que más fácil podría haber entablado una amistad, cambiaban frecuentemente y en ocasiones, Sofía permanecía viviendo sola durante algunos días hasta que la colocaban alguna o algunas nuevas compañeras.

Por eso, su amistad con Alex y el poder hablar con una persona que verdaderamente --o al menos eso parecía-- sentía aprecio por ella, terminó de hacer totalmente llevadero su trabajo como prostituta en aquellos últimos días del verano y prácticamente, no recordaba los escalofriantes momentos vividos durante aquellos últimos dos meses.

Él estaba rellenando por fin, el hueco que se había hecho en la vida de Sofía por la falta de amigas o amigos en todo aquel tiempo, amigos que la reconfortasen y recompensasen por los sin sabores vividos, y le estaba cogiendo un inevitable cariño que empezaba a rozar peligrosamente otro sentimiento más fuerte, aunque a veces, recordaba con amargura que Alex no dejaba de ser su vigilante, un mafioso como había dicho Andrei, probablemente al servicio de su padre.

Pero no se acordaba de eso cuando estaba con él, y en los últimos días, él le había hecho vivir las dos jornadas más fabulosas de todo aquel tiempo.

La primera de ellas fue cuando Alex, aprovechando el día libre de Sofía, le había dicho si quería comer con él y después la llevaría a un sitio donde le aseguró, que lo pasarían realmente bien.

Por supuesto que quería.

Aquel día apenas durmió tres o cuatro horas, pero no pasó sueño en ningún momento. Tampoco se encontraba muy cansada porque el trabajo en el chalet aquella noche no había sido demasiado duro, a pesar de que en septiembre había vuelto a subir un poco la afluencia de clientes.

Se despertó un buen rato antes de que sonara el despertador con una mezcla de ansiedad y nervios, pero aquellos nervios eran completamente distintos a los angustiosos nervios vividos durante tantos y tantos días, primero en el club y después en el chalet, y que seguía teniendo, aunque en bastante menor medida.

Los de aquella mañana de septiembre eran unos nervios benévolos y agradables, no en vano, Alex le había prometido que se divertirían. Estaba deseosa de divertirse. Había cumplido 18 años hacia tan solo unos pocos meses y... ¿cuánto tiempo hacia que no se divertía como lo podía hacer una joven de su edad? Hacía mucho tiempo, desde las últimas navidades en que conoció a Shirko y para colmo, desde entonces, todo había sido una cadena de dramáticos acontecimientos que habían hecho que su vida cambiase drásticamente y se convirtiese en una auténtica pesadilla.

Cuando Alex llamó por el portero automático, hacía tiempo que ya estaba preparada. Se había vestido de una manera cómoda y deportiva, como él le había aconsejado, pantalones vaqueros de color claro y un top bastante ligerito.

Bajó rápidamente y le saludo muy cariñosamente, aunque sin los clásicos dos besos. Aun permanecía entre ellos, a pesar de su reciente y creciente amistad, la barrera psicológica que inconscientemente les recordaba que ella era una prostituta forzada y él pertenecía a la gente que la obligaba a realizarlo y además, la vigilaba para que lo hiciese.                 

Empezaron a caminar y enseguida abandonaron los alrededores de la calle Estrella conocidos por Sofía. Dejaron atrás la bulliciosa Puerta del Sol donde la joven había estado un par de veces en sus paseos y donde quedó asombrada la primera vez que vio aquella plaza por la animosa vida que bullía en ella y la gran variedad de gentes y razas que se fundían en un impresionante ir y venir de personas. En su ciudad la gente también paseaba, pero de manera distinta. Aquella ciudad era completamente diferente a la suya, quizá fuese el clima, pero sin duda, Madrid era una ciudad más alegre y animada que Moscú.

De vez en cuando paraban a tomar una cerveza bien fría para refrescarse del calor, que por otra parte, era un calor sensiblemente más soportable que en los meses de julio y agosto después de que las temperaturas hubiesen bajado algunos grados tras las tormentas que habían refrescado Madrid en los primeros días de septiembre.

Enseguida llegaron al largo y ancho paseo que Sofía reconoció enseguida, pues le recorría casi todos los días en coche cuando iba y regresaba de trabajar. Alex le explicó que era la principal y más amplia avenida de Madrid y que partía a la ciudad, prácticamente en dos mitades.

Alex no era dicharachero ni gracioso, tenía un carácter serio que a veces, a pesar de que físicamente estaba espléndido con un cuerpo fibroso y ágil, le hacía parecer más mayor de los treinta y pocos años que tendría. Hablaba de una manera igualmente seria, pero amable y amena, al menos con Sofía y ella estaba encantada de todas las explicaciones que recibía de su amigo, que guardaba todo su atractivo aun vestido de una manera deportiva y sencilla, sin sus habituales americanas y elegantes pantalones que usaba para trabajar; estaba encantada de mezclarse con él entre toda la gente de aquel país como si fuesen dos ciudadanos más entre todos ellos.

Llegaron al colorido Parque del Retiro donde el fluir y la algarabía de la gente seguía siendo constante a pesar de que aun hacía calor. Enseguida, se pararon en un restaurante cercano que tenia dispersadas sus mesas entre las sombras de unos grandes árboles.

Aquella experiencia fue sensacional. Lo importante no fue la comida, sino el rato que pasó allí sentada hablando animadamente con Alex, disfrutando de aquel maravilloso lugar y viendo pasar a la gente llena de alegría, como si en ese día todo el mundo hubiese dejado todos sus problemas en casa.

Habían comido y el vino había hecho aumentar aun más en la chica, la felicidad que la había embargado durante toda aquella mañana. Estaba sentada plácidamente, disfrutando de la refrescante sombra de los árboles que cubría toda la terraza de aquel restaurante del Retiro y se deleitaba saboreando un helado de fresa mientras miraba sonriente como Alex bebía de su café solo.

-¿Por qué te mando tu padre aquí? -preguntó de improvisto Alex con su voz seria, educada y amable al mismo tiempo.

Sofía quedó sorprendida y por un momento dejo de sonreír.

En ocasiones se había preguntado si aquellos hombres que la llevaban y la obligaban a prostituirse tendrían algo que ver con su padre --estaba casi segura de que si-- y en ese caso, si sabrían que ella era la hija de aquel gánster de Moscú. Suponía que aunque lo supiesen no la ayudaría mucho, ya que él mismo había decidido que su hijita de 18 años fuese desterrada de su tierra y se convirtiese en una joven prostituta por no haberse querido casar con el perfecto marido que su padre había elegido para ella, y de esta manera haberle desobedecido, escapándose después para mas colmo, con un insignificante joven con el que había perdido la virginidad y el honor, estropeando así, los planes de su padre de aumentar su poder con la unión en matrimonio de su hija con uno de los varones de una de las más poderosas familias moscovitas.

-¿Conoces a mi padre? -preguntó tristemente, aunque con curiosidad.

-Claro, trabajo para él y desde que llegaste a Madrid, sabía que eras su hija -Alex observó que el rictus de felicidad había desaparecido de la preciosa cara de aquella muchacha que tenía en frente y que nuevamente reflejaba la amargura que tanto le había conmovido desde aquel primer día en que la llevó a aquel asqueroso club y tantas veces después, cuando la recogía o dejaba frente a la puerta del chalet o del piso. En todo aquel tiempo, había sucedido algo que no debiera de haber sucedido, él, su vigilante y custodio, había cogido un cariño especial a aquella encantadora joven que estaba llevando con una gran valentía la asquerosa vida que le había impuesto su propio padre por solo Dios sabría qué cosas; en ocasiones tenía miedo de que la joven se derrumbase y... ¿Qué pasaría entonces? Continuó hablando intentando que Sofía se volviese animar-. Nada más llegar aquí nos dijeron quien eras, la hija de Glaskov, uno de los más antiguos miembros y fundador del grupo, y por ende, un hombre absolutamente peligroso. Te mandaban para trabajar como prostituta sin ninguna clase de recompensa por orden expresa de tu padre. Todos nos quedamos sorprendidos, pero una orden directa de Glaskov o de alguno de sus socios es sagrada y no cumplirla en lo más mínimo por parte de alguno de nosotros, es poner en peligro nuestra propia vida. Ellos son nuestros jefes y quien nos paga por cumplir sus órdenes.

Alex guardó un pequeño silencio y vio como Sofía le miraba expectante, aunque mantenía la tristeza en su rostro.

-No te pongas triste pequeña -continuó con una extrema ternura en su voz-, si lo deseas dejamos de hablar de ello. Sabes, lo que pasa es que en infinidad de ocasiones me he preguntado qué es lo que ha podido hacer una... mujercita tan maravillosa como tú para que su propio padre la castigue de esta manera.

-Mi padre es un monstruo -susurró Sofía. Desde hacía ya algunos años, se había ido dando cuenta que su propio padre era una persona muy peligrosa, malvada y con rencor prácticamente hacia todo el mundo por no haber alcanzado sus objetivos de poder y dinero. Nunca había sabido cuales eran los asuntos que tenía entre manos, aunque suponía que había algo más que la empresa de almacenaje y distribución de su propiedad que montó nada más salir del cuerpo de policía. Ella también había sido --y era-- de su propiedad, muy pocas veces en el tiempo que había vivido con él, la había tratado como a una hija y siempre había sido él, el que había dictado el severo camino que ella debía de seguir desde que a los once años, cuando murió su madre, se fuese a vivir con él nuevamente a Moscú, abandonando Sofía, la hermosa capital búlgara a la que debía su nombre y donde había vivido con su abuela y su madre desde que esta última, unos años antes, no aguantase mas y decidiese abandonar a su tiránico marido y volver a su Bulgaria natal con su familia, llevándose a su hijita, por su puesto.

Sofía no pudo evitar que una lágrima se escapase de sus ojos.

-¿Importa lo que haya hecho? -continuó la joven con voz temblorosa-. ¿Crees que por muy malo que pudiese ser me merecía esta vida? -preguntó con rabia. En todo aquel tiempo había estado deseando expresarle a alguien lo injusto que la parecía su castigo y Alex en aquel instante, le ofrecía una magnífica oportunidad para desahogarse; no pudo evitar cuando dejó de hablar, que las lagrimas continuasen deslizándose por sus mejillas.

-No llores mi chiquilla, perdóname, siento mucho que mi curiosidad te haya puesto triste -se arrepintió Alex inclinándose hacia delante para cogerla la mano.

-No es por ti Alex, tu eres maravilloso, tu eres la única persona que me ha respetado en todo este tiempo y que me ha tratado como a un ser humano -Sofía se enjuagó las lagrimas y le contó cómo se enamoró aquellas ultimas navidades del joven Shirko y como su padre rechazó aquel noviazgo a la vez que le anunciaba su boda con un hombre al que ella ni tan siquiera conocía. Como, sin poder aguantarlo, se escapó con su joven amor y después, los esbirros de su padre --probablemente compañeros de Alex, pensó irónicamente Sofía-- la encontraron y la condujeron inmediatamente a España para cumplir su castigo.

-Como ves, una historia de película..., pero real -terminó diciendo la chica que pareció recobrar algo el ánimo, a la vez que volvía a dibujar una triste sonrisa en sus labios.

-Quizá a tu padre se le pase pronto o se arrepienta y vuelvas a Rusia nuevamente a llevar una vida normal.

-¿Normal? Quizá se arrepienta algún día y me libere de esta porquería Alex, pero ¿crees que mi vida volvería a ser como antes? -dijo Sofía ya sin llorar y de improvisto, pensó que desde luego su vida si podría ser mejor que antes si la rehacía lejos de su padre, lo único que echaría de menos de su anterior vida serian sus cosas queridas, sus amigas, su pequeña hermanita, su perro... Quizá demasiadas cosas.

-O mejor Sofía, créeme. Las malas experiencias, si somos fuertes, nos hacen aprender, y tú desde luego eres una mujer joven y muy fuerte. Lo estas demostrando día a día. Cuando todo esto termine, puede que tu vida no vuelva a ser como antes, pero podrás ser feliz si tú lo deseas con todas tus fuerzas, te lo aseguro.

Poder ser feliz. En realidad no sabía si en los últimos años de su vida en los que había ido creciendo hasta convertirse en una adolescente había sido feliz, lo que si sabía es que había habido muchas cosas a las que había dado todo su cariño y amor sincero y que nunca podría olvidar.

Terminaron el café y el helado y Alex pidió dos copas de un exótico licor anaranjado, del Caribe, según dijo. Se lo tomaron rápidamente y volvieron a pedir otras dos copas. Estaba delicioso. A Sofía se le pasó enseguida la tristeza que la había inundado en parte durante aquella conversación y volvió a encontrarse feliz.

Abandonaron el restaurante y se alejaron del parque.

Entraron en la primera boca del metro que vieron y recorrieron el trayecto que les separaba hasta la Casa de Campo.

Aquella tarde y parte de la noche fue sensacional para Sofía, que disfrutó enormemente admirando los innumerables y variados animales que habitaban en el Zoo madrileño y dejándose envolver por la fantástica magia del parque de atracciones; pero más maravilloso para ella, fue el hecho de ir en compañía de Alex, como si fuesen una entrañable pareja de novios, divirtiéndose y mezclándose entre toda la gente, sin que nadie deparase en ellos, a pesar de que los separaban doce años, ella prácticamente una adolescente todavía y él un hombre de 31 años, pero a Sofía le parecía que no desentonaban en absoluto.

Alex subió con ella hasta la misma puerta del apartamento. Rara vez solían subir hasta allí el propio Alex o cualquiera de los otros hombres que venían a recogerlas para llevarlas a su trabajo, a pesar de que poseían llaves del piso. Casi siempre llamaban por el telefonillo y ellas bajaban enseguida. Por eso, pensó que Alex querría pasar con ella y no la hubiese importado, pero la dio un suave beso en la mejilla y se fue.

Una inusitada melancolía apareció en su corazón, pero enseguida desapareció cuando su cabeza comenzó a llenarse de los gratos recuerdos de todo lo sucedido aquel maravilloso día. No se dio cuenta de lo agotada que estaba, hasta que se desnudó y cayó rendida en la cama. Aquella noche durmió llena de felicidad.

Al siguiente día no fue Alex quien la recogió para ir al trabajo. Sofía se sintió infinitamente afligida y desesperanzada cuando no le vio. La jornada en el chalet fue absolutamente penosa. Todo el esfuerzo empleado en hacer llevadero su nuevo “oficio”, se derrumbó aquel día y volvió a sentir aquellos agónicos momentos que experimentó los primeros días cuando las manos de algún hombre acariciaban su cuerpo y peor aún, cuando tenía que pasar al reservado con algún tipo.

No volvió a ver a Alex hasta el sábado siguiente y aunque volvió a retomar el pulso a su trabajo, fueron unos días muy tristes. Pensaba constantemente en él y en la posibilidad que había cruzado fugazmente por su cabeza, de que su vida cambiase por fin de la mano de aquel hombre, del que después de aquel día tan fantástico que la hizo pasar, tenía claro que podría enamorarse enseguida, aunque también, se daba cuenta de que no le podía pedir demasiado; como el mismo le había dicho, su vida valdría menos aun que la de ella si intentaba ayudarla de alguna manera. No le pediría que la ayudase a salir de aquella “mierda”, por supuesto que no, bastante había hecho ya al haber despertado en ella una creciente ilusión por volver a vivir.

Cuando por fin el sábado vio a Alex en el coche que las esperaba a la salida del chalet, un gozo enorme se apoderó de todo su ser y no pudo evitar besarle fuertemente en la cara ante la sorprendida mirada de sus compañeras que montaban en el coche.

Durante el viaje de vuelta al apartamento de la calle Estrella, Alex le propuso tomar algo en una discoteca cercana que aun estaría abierta. Sofía aceptó encantada a pesar del cansancio.

Próximos a la calle Estrella, el compañero de Alex detuvo el coche para que bajasen y después, continuó la marcha con las otras dos muchachas.

Para ella volvió a ser sensacional mezclarse entre la gente como una chica normal con un hombre por el que sentía algo especial. Pero enseguida, se dio cuenta que había algo extraño en Alex. Cansancio, preocupación tal vez. No le preguntó nada sobre ello temiendo que pudiese ser por culpa de su pequeña relación.

Abandonaron la discoteca que enseguida comenzó a cerrar sus puertas y fueron a desayunar a un pequeño pero acogedor bar. Chocolate con churros. Delicioso. Sofía pensó que aquel desayuno había sido el mejor de su vida.

Terminaron de desayunar y pasearon por la recién estrenada mañana madrileña. Habían vuelto a subir las temperaturas diurnas y esperaba otro día lleno de calor. A ratos, ella volvía a observar aquel semblante de preocupación en Alex. ¿Qué le pasaría? ¿Estaría su preocupación relacionada con ella? No se atrevía a preguntarle.

-Estarás cansada y querrás descansar Sofía, ¿quieres que volvamos al piso? -le preguntó.

-No estoy cansada cuando estoy contigo -sonrío-, pero si tú te tienes que ir, lo comprendo, aunque... me gustaría ir a dormir contigo y si no podemos dormir... mejor.

-¿Estás segura?

-Claro -contestó modosamente Sofía y volvió a sonreír, esta vez muy sensualmente mientras acercaba su cuerpo al de Alex hasta que ambos quedaron rozándose.

Alex sonrío también y sin poder contenerse, la abrazo con delicadeza.

Pararon un taxi y en cinco minutos, les llevo hasta una larga calle por la que circuló hasta detenerse junto a unos elegantes bloques de pisos. Enseguida subieron a uno de aquellos pisos.

La espectacular habitación, en la que también había un jacuzzi que hizo despertar desagradables recuerdos en Sofía --aunque duraron pocos segundos--, disponía de todo tipo de detalles y estaba perfectamente climatizada; fue el idóneo escenario para los complacientes deseos de la pareja.

Hicieron el amor hasta que quedaron sobradamente satisfechos. Para Sofía fue especialmente grato, después de las experiencias de aquel verano, poder abrazar y acariciar a un hombre al que adoraba ya sin ninguna duda y que su cuerpo fuese completamente recorrido por las manos y la boca de ese mismo hombre. Fue sensacional dejarse llevar una y otra vez por el placer que le proporciono ser poseída por Alex mientras éste la besaba apasionadamente, sin que ningún pensamiento desagradable atormentase su mente.

Se quedó dormida con una increíble satisfacción en todo su cuerpo y mente, y cuando Alex la despertó zarandeándola suavemente, una hermosa sonrisa se dibujaba en su cara.

-Vamos dormilona. Tenemos que irnos -le dijo Alex con cariño. Ya estaba vestido y tenía el teléfono móvil en la mano, marco unas teclas y se dirigió al cuarto de baño donde comenzó a hablar en voz baja.

Sofía miró el reloj y se vistió con cierto desanimo. Enseguida llegaría la hora de volver al chalet, pensó sintiendo como aquella detestante amargura hacia indicios de despertar.

Salieron del edificio y devoraron dos pizzas en un cercano restaurante italiano. Los dos estaban hambrientos. Cuando terminaron de comer volvieron a coger un taxi hasta la calle Estrella. Bajaron y Alex le dijo al chofer que esperase un momento. Acompañó a Sofía hasta la puerta del portal y la miró con ternura.

-Puede que no te vea en algunos días -sonrió-. Hay ciertos problemas y debemos resolverlos enseguida.

-¿Problemas graves? -preguntó ella tímidamente.

-No, enseguida se solucionaran. Cuídate pequeña.

Alex la besó suavemente los labios y subió al taxi. Sofía se quedó mirando pesarosa como el automóvil se perdía de vista entre el tráfico.

Subió al apartamento con una increíble contraposición de sentimientos, por una parte la felicidad que le estaba proporcionando su naciente relación con Alex, y por otra, el desanimo y la tristeza de tener que volver a su odioso trabajo después de haber compartido aquellas maravillosas horas con él.

Se duchó, se cambió y mientras esperaba sin hablar junto a sus dos compañeras a que viniesen a recogerlas para ir al chalet, se tomó un combinado de escocés con coca cola bien cargado.

Por supuesto, no fue Alex quien pasó a recogerlas aquella noche, ni las siguientes.