domingo, 13 de noviembre de 2016

"FRAUDE"


Familia y corrupción.
El verano había llegado de repente después de una inusual y fría primavera. Y las mujeres parecían deseosas de ponerse sus ropas más ligeras, o esa era la impresión de Genu, incluso Andrea que parecía mucho más discreta en su forma de vestir, relucía radiante y “ligerita” aquel día.
Andrea llevaba tan solo dos meses trabajando en su departamento y aunque todos sabían que había entrado por su padre, enchufada, la chica, con tan solo 22 años tenía unas cualidades como poca gente dentro de la empresa y probablemente, fuera de la empresa.
Y trabajaba a su lado, en un despacho a unos pocos metros. Qué suerte. Eficiente, trabajadora, entregada, guapa. Guapa no. Bellezón. No encontraba momento para acercarse a su mesa y sentir su cuerpo cerca.
Pero ahora parecía que algo se estaba incendiando.
Era mediodía del viernes y Andrea recogía su bolso y se preparaba para marcharse. Los policías entraron de repente. Todos tomaron sus estratégicas posiciones dentro de las oficinas mientras un pequeño grupo de paisano buscaba los despachos del fondo, los de los peces gordos.
Pasaron unos minutos donde todos permanecieron expectantes, hasta que le vieron salir de su despacho. Su traje de 600 euros y su porte de modélico ejecutivo, contrastaban enormemente con sus muñecas esposadas a su espalda. El hombre agachó su cabeza. Era uno de los dos directivos que llevaban las riendas de aquella sede de la multinacional.
Andrea ahogó un grito de angustia tapándose la boca con su mano. La muchacha se apresuró a salir del edificio nada más se fueron los policías. Paró un taxi que en 6 minutos la dejó en la puerta de su casa. Ansiosa, marcó el teléfono de su padre. Nada. No sabía qué hacer. Algo terrible había pasado en la empresa y algo por dentro le decía que no había terminado aun. Notaba su pecho ardiente dentro de ella. Volvió a marcar. Nada. Desesperada se desnudó y se duchó con agua fría. Se relajó algo. Sin secarse y desnuda, volvió a marcar el teléfono.
Rabiosa lanzó el aparato sobre la cama de sus padres ahora vacía. Su móvil sonó. Lo cogió. Era Genu. Su jefe en la empresa. Sin saber porque, notó como los colores subían a sus mejillas. La ardían.
Solo quería saber cómo te encuentras –decía Genu. Lo de esta mañana nos ha sorprendido a todos, pero… te vi bastante afectada.
Pensé en mi padre.
Claro entiendo, es normal.
Pero ¿Qué ha pasado Genu? –Andrea tenía claro que la policía había entrado en las oficinas después de alguna investigación sobre algún posible delito de fraude, evasión fiscal, blanqueo de dinero. Corrupción. Se la puso la piel de gallina. Desde su entrada en la empresa había visto algunos asientos contables, extraños. Ella conocía a la perfección la contabilidad y aquellos asientos eran usados como escoba.
Es un asunto delicado Andrea, no es para hablarlo por teléfono…
Pero tú sabes algo, mi padre…
No quiero que te preocupes, pase lo que pase tú no tienes nada que ver.
Oh Dios, sabes algo, no puedo hablar con mi padre, no me coge el teléfono Genu, estoy desesperada, necesito noticias…
¿Quieres que nos veamos Andrea? Podemos hablar mas tranquilos –la voz de Genu sonó segura, la voz de un hombre de 40 y tantos curtido en mil batallas con las mujeres y que sus 12 años de casado no habían desgastado para nada su arte en la seducción, todo lo contrario. 
Oh Genu te lo agradecería… estoy tan intranquila…
A Genu se le iluminaron los ojos. En tan solo 20 minutos llegó al pequeño bar incrustado en un rincón de la urbanización donde vivía Andrea. Sabía muchas cosas sobre el padre de Andrea, por supuesto, lo que sabían todos, que era uno de los principales directivos de la empresa a nivel nacional. Pero él conocía otras cosas, cuando el dinero parecía nacer en los cajones de los despachos. Pero estaba claro que no nacía allí.
Eran las 7 y el sol lucía aun ardiente. Andrea llegó con un pantalón corto y una sencilla blusa blanca con un ligero, ligerísimo, toque de transparencia. Estaba radiante. Hermosa y apetitosa. Pero la aflicción era latente en su rostro.
Había una investigación Andrea –informó él después de que la chica se pidiese una bebida fría. Solo lo sabíamos algunos miembros del departamento de contabilidad a los que nos llamaron a declarar en secreto. Nunca pensé que tu padre estuviese implicado, lo siento de veras.
La muchacha no pudo ahogar un triste suspiro. Se tapó los ojos con sus manos, momento que aprovechó Genu para contemplar con detalle el espectáculo que tenía ante él. Los voluptuosos pechos temblaban inquietos dentro de la fina blusa cubiertos por un coqueto y sexy sujetador naranja.
Sintió como la erección tomaba fuerza sin control.
Vamos tranquila, yo te voy ayudar –apartó con suavidad las manos de la joven de su rostro y la miró limpiando las mejillas con sus dedos. Las lágrimas no te sientan nada bien, así que no quiero que llores más.
Andrea le dedicó una sonrisa tan sensual como triste, sus gruesos y rosados labios brillaron ante Genu, que no pudo evitar mover su mano por el cuello de la muchacha en un lento movimiento.
La aguda musiquilla del timbre de un móvil les sobresaltó.  
¡Sí! –exclamó ansiosa pero en un tono de voz bajo.
Soy yo hija –la voz de su padre sonó abatida, muy lejos de su habitual serenidad y seguridad.
Oh papa ¿Dónde estás? Ha pasado algo horrible en la oficina.
Quiero que estés tranquila, ahora hace falta que todos guardemos la calma.
¿Tranquila? ¿Pero sabes lo que ha pasado? –claro que lo sabía. Andrea empezaba a tenerlo claro y su angustia aumentó al infinito.
Escúchame, tengo pocos minutos hasta que la policía rastree este número, estoy en la Cala del Viento –Andrea conocía de sobra el lugar, un luminoso chalet junto a una playa paradisiaca en la costa que un amigo belga de su padre le había dejado algunos veranos. Necesito que me traigas unos documentos, tengo que preparar mi defensa…
Oh papa, pero por qué… Andrea lloraba.
Eran otros tiempos Andrea, tú eres una buena chica y no lo puedes entender…
¡Sí, sí que lo entiendo! Falsear y ocultar datos contables y fiscales siempre ha sido un delito papa.
El silencio pareció convertirse en una oscura niebla llena de sombras peligrosas e inquietantes. Genu no perdía detalle de las palabras que la joven dirigía al teléfono y como sus curvas se movían agitadas en el interior de sus suaves ropas.
No quiero ir a la cárcel hija… las palabras del hombre sonaron desgarradas mientras Andrea lloraba.

Sexo y sumisión.
Después de que la joven pudiese tranquilizarse y Genu se tomase otra cerveza, Andrea le contó lo que su padre le había dicho sobre los documentos.
Tengo que llevárselos.
Seguro que la policía estará vigilando tu casa –dijo Genu con tranquilidad, tal vez nos están observando ahora mismo.
Sí es muy probable –Andrea volvió a cubrir su bello rostro con sus manos en un movimiento angustioso. Es mejor que te vayas a casa, ya me has ayudado bastante, te estás comprometiendo demasiado por mi y…
Escucha –Genu apretó su mano sobre la de ella, quiero que seas tú la que vayas a casa, cojas esos documentos y te las arregles para despistar a la policía, sobre las once te estaré esperando a la salida del pueblo, junto al cementerio.
Pero Genu…
Vamos a qué esperas.
Andrea se levantó y miró a su jefe con agradecimiento. Salió del bar intentando mantener la tranquilidad, intentando idear un plan que la ayudase a salir de la casa sin que nadie la viese.
Buscó los documentos de su padre y cómo si la quemasen en sus manos, los metió en una carpeta y los dejó en un rincón. Se volvió a duchar con agua fría y mientras su cuerpo mojado intentaba relajarse, pensó en Genu. Se estaba comprometiendo por ella, sabía que estaba casado, o eso la había dicho, pero no la importaba, necesitaba su ayuda. Sola, estaba segura de que no lo conseguiría. Además, era muy atractivo y sobre él siempre se notaba un aurea de… algo que solo algunas mujeres podían apreciar.
Andrea llevó su mano a su sexo y se acarició suavemente. Gimió. Enseguida retiró su mano avergonzada. No era momento para aquello. Se vistió con un fino pantalón blanco y una blusa verde a cuadros de colores muy suaves y se dispuso a emprender la fuga. Entró en un pequeño cobertizo del jardín en el que solo metían trastos inservibles. La noche ya había caído. Dejó algunas luces encendidas. Dentro del cuartucho había una pequeña ventana. No le costó mucho pasar al otro lado. El chalet vecino llevaba años abandonado. La joven se arrastró por el descampado trasero hasta que llegó al fondo, miró hacia atrás, era imposible que nadie la hubiese visto. Gateó la alambrada suelta en varios puntos por falta de mantenimiento y corrió hacia el cementerio.
Enseguida divisó un coche detenido. Era el de Genu. Subió. El hombre la dedicó una extraña sonrisa y emprendieron rumbo a la costa. Apenas hablaron durante las horas de trayecto.
Aparcaron. El olor a mar era intensísimo.
La silueta de la casa se dibujó como una extraña nave extraterrestre contra el oscuro horizonte. Miles de estrellas brillaban con furia vigilando el tenue movimiento del mar.
El meloso ruido de las olas destruía el inquietante silencio.
La sombra de un hombre interceptó su camino. La chica reprimió un grito, pero enseguida reconoció a la figura, erguida y desafiante a pesar de la situación. No se acercó a él. A pesar de la penumbra, Genu pudo apreciar la mirada fría de la chica a su padre mientras le entregaba secamente la carpeta con los documentos. 
¿Qué hace él aquí? –preguntó el ejecutivo cansinamente.
Es Genu, el jefe de contabilidad de mi departamento...
-Sé muy bien quién es.
Yo no hubiese podido sola con todo esto, no te preocupes por él…
Su padre inclinó la cabeza y se dirigió a la casa sin decir nada más. Su silueta pareció encorvarse y tambalearse. Le siguieron en silencio. Se sirvió un vaso lleno hasta arriba de whisky y se encerró en una de las habitaciones.
Oh dios mío –la joven miró la puerta cerrada sin atrever acercarse y después, lentamente abandonó la casa por la parte trasera, dirigiéndose a la playa. Genu no la perdía ojo mientras él también se servía un whisky. Apuró lentamente la bebida y salió detrás de la chica.
La fina silueta de la joven se recortaba contra el manso y susurrante mar. Se acercó a ella hasta poner sus manos en la fina cintura, al instante, Genu se dio cuenta que se había acercado demasiado. Ella tembló ligeramente pero no se retiró.
Eres una princesa en apuros y yo soy tu príncipe –las manos de Genu subieron por los costados hasta que sus pulgares toparon con la base de los grandes senos. Y tu príncipe está contigo.
Genu sintió el temblor de Andrea mientras sus dedos desabrochaban con precisión los botones de la blusa. Desabrochó también el sujetador y sus manos se apoderaron de la suave y tersa carne de los pechos de una exquisita dureza. Genu movió su pelvis, su dureza inmensa se restregó con suavidad entre las nalgas de Andrea.
Los dos gimieron.
Eso es princesa –una de las manos abandonó los pechos y se deslizó por el vientre hasta desabrochar el pantalón que cayó al suelo de arena. También las bragas. Genu mordió el tierno cuello.
Andrea permanecía quieta, temblando, sintiendo la dureza del hombre rozar sus pliegues húmedos y calientes. Gimió al tiempo que una fuerte mano empujaba su espalda obligándola a inclinarse. En esa posición, el hombre la penetró sin resistencia.
Andrea gimió con intensidad. Sus rodillas se doblaron y se posaron sobre la arena. Genu detrás de ella, moviéndose.
Oh mi princesa, cuanto te deseaba –Genu se movió lentamente hasta abandonar la caliente cavidad de Andrea-. Ven.
La muchacha obedeció y se dio la vuelta sin separar sus rodillas de la arena. Miró a su jefe de contabilidad que la dedicó un gesto de aprobación. Su mano sujetaba el miembro, más flojo pero aun húmedo. Abrió sus labios y lo recibió en el interior de su boca.

Incesto y muerte.
El hombre abandonó el despacho cuando el alba comenzaba a llenar de una bella luminosidad todo el interior de la casa. Los papales no le iban a aportar nada. Su suerte estaba echada. Buscó a su hija.
En la planta baja no había nadie. Vio la botella de whisky y un vaso vacío sobre la mesa. Recordó al jefe de contabilidad y su estómago, ya revuelto durante muchas horas, sintió un nuevo y desagradable retortijón.
Subió a la planta de arriba. Unos suaves murmullos sonaban al fondo del pasillo que recorría toda la planta acristalada. La luminosidad era total. Anduvo unos pasos y se detuvo, fijo en la imagen que le ofrecía el gran ventanal abierto. Unos senos redondos y voluptuosos se movían a un suave compás, duros, blancos, sudorosos. Los pezones rosados y tremendamente hinchados parecían apuntarle acusadoramente. Ya sabía a quién pertenecían aquellas perfectas mamas, pero aun así, no pudo evitar que una terrible y cálida sensación de deseo se apoderase de su entrepierna. Contempló el bello y sensual espectáculo hasta que unas manos se posaron en los pechos, deteniendo momentáneamente su movimiento, apretándolos, palpándolos, manoseando la turgencia y hermosura de aquellas carnes.
El hombre ahogó un gemido y soltó un manotazo al aire.
¡Hijoputa! –gritó.
Andrea vio llegar a su padre. Su aspecto daba temor. Nuca le había visto así, su bien cuidado metro ochenta de estatura denotaba en esta ocasión, una terrible sensación de abandono, su ancho pantalón corto, parecía querer desprenderse en cualquier momento y dejarle desnudo. Ella sí estaba desnuda. Húmeda. Sus pechos aun la palpitaban casi dolorosamente, pero se levantó y se plantó ante su padre.
Papa basta…
Su padre la miró. Recorriéndola. Hacía muchos años que no la veía totalmente desnuda y menos con el aspecto de excitación que algunas partes de su cuerpo presentaban.
Para eso le has traído aquí, para… follártelo delante de mí.
No papa, ha surgido así –Genu se había levantado y estaba de pie detrás de ella, muy pegado, notaba su extremada dureza rozándola-. He venido a ayudarte, ya tienes tus papeles.
Él, tu amiguito ha permitido que múltiples documentos saliesen de la oficina y fuesen a parar a la fiscalía, tu amiguito ha…
Andrea quiso volverse, pero notó las manos de Genu posarse en la base de sus pechos, apretarlos y levantarlos como si ofreciese un manjar a algún invitado. Se sintió ridícula, desnuda, con las manos de Genu ofreciendo sus senos a su propio padre.
Intentó zafarse, pero las palabras de Genu la volvieron a paralizar.
Vamos, era mi obligación, estabais hundiendo la empresa solo para vuestro enriquecimiento a costa de nuestro trabajo, incluido el de ella Sus manos subieron aun más los pechos de Andrea, tanto, que sus pezones rozaron la barbilla de su padre que miraba a Genu con ojos desencajados. Pero puedo hacer que pases un tiempo mínimo en la cárcel, solo unas semanas, algún mes, y después de pagar una mínima fianza, saldrás libre.
El ejecutivo dio un tambaleante paso hacia atrás, volvió a mirar los pechos de su hija apretados y ofrecidos por su enemigo, lanzó un gruñido y se abalanzó sobre ellos, su boca se apoderó de uno de los hinchados pezones, succionando, chupando.
Andrea gemía, sujetada por Genu desde atrás. La muchacha cerró los ojos, sin querer ver como su padre se acercaba a ella y la penetraba. “Eso es princesa, así, así…” Genu susurraba en su oído. Los dos hombres comenzaron a moverse casi al unísono como is estuviesen compenetrados.
Enseguida se sintió totalmente llena. Los dos hombres se movían dentro de ella, casi juntándose dentro de ella. Duró poco. Casi al mismo tiempo, sus fluidos brotaron de manera precipitada.
Aturdida y con su corazón moviéndose violentamente dentro de su pecho, Andrea miró a su padre que como un animal asustadizo y herido, se retiraba arrastrándose por el suelo, “has estado genial princesa” la susurraba Genu mientras se retiraba hacia el mini bar buscando alguna bebida fresca.
La sombra de su padre se levantó a unos metros, no distinguió lo que sujetaba una de sus manos hasta que escuchó los dos fogonazos. Volvió a mirar a Genu cuando éste gritó, su pecho moreno y peludo, se cubrió al instante de un color rojo brillante. Andrea, aterrorizada se volvió hacia su padre que la miraba con ojos perdidos, como si ya no estuviese allí, pero seguía sujetando la pistola que lentamente colocó en su boca.
¡No papá! –pero el fogonazo volvió a cargar la habitación de un intensísimo olor a pólvora mientras el cuerpo de su padre salía impulsado hacia atrás.
La joven se arrodilló junto a su padre. Su cabeza estaba destrozada. Se levantó. Miró a Genu que inerte reposaba en un charco de sangre. Salió del chalet y anduvo por la fina arena, desnuda, manchada de sangre. Abrió sus brazos en cruz y se adentró en el manso mar, como si aquella inmensidad de agua pudiese liberarla de la infinita angustia que la invadía.

                                                        FIN


lunes, 10 de octubre de 2016

GUERRA MUNDIAL SANTA (Cap. II)


Ahmed observó cómo iban saliendo cada uno de los ocho hombres que habían permanecido en la reunión, uno a uno, solos y en sigilo, sin ninguna nota llamativa que pudiese alertar al más sofisticado satélite ni al más alerta de los agentes de la inteligencia israelí que abarrotaban aquella zona situada a tan solo unos pocos kilómetros de la frontera hebrea.
Ahmed sabía de sobra que el resultado de aquella reunión cambiaria los designios de las civilizaciones actuales.
Tal vez para mejor. Eso lo diría el tiempo. Pero el precio que se debería de pagar sería muy alto. Millones de vidas humanas. La guerra que nacería de aquella reunión, de la misión, desbastaría el planeta.
Y Hashîm era su amigo. Su hermano. Pero sus caminos estaban a punto de separarse. Alá había decidido separarles y dispuesto que recorriesen direcciones muy diferentes.
Observó desde su rincón como todos iban abandonando la casa donde se había celebrado la reunión. Hashîm fue el último.
Cuando su amigo se alejó a pie de la casa, Ahmed se apresuró a entrar en el viejo edificio de tierra, nada mas atravesar la puerta, la temperatura cambió radicalmente apartando el abrasador calor del exterior y dando paso a una agradable sensación otoñal.
Subió apresuradamente las estrechas escaleras hasta desembocar en el pequeño salón donde los vasos de agua aún reposaban intactos sobre la enorme mesa de madera. La micro cámara, con aspecto de pequeño dedal de plata, se escondía en una pequeña ranura entre el viejo adobe de las paredes, él mismo la había colocado allí la noche anterior. Nadie, salvo Hashîm y el propio Ahmed, habían penetrado en aquella habitación antes de celebrarse la reunión.
Ahmed cogió el pequeño aparato y salió casi a la carrera. Prácticamente se dio de bruces con el jeep cubierto de polvo. Los tres individuos pertenecían a la elite de ISIS. Solo tuvo tiempo de apartar su cabeza antes de que una bala hiciese saltar astillas del marco de madera de la vieja puerta.
Le habían descubierto. Hashîm no tenía amigos. Y ahora quería su alma para entregársela al mismísimo Alá.
Pero el todopoderoso tenía mil caminos. Y él había elegido otro distinto al de su hermano y al de la poderosísima Daesh.
Que el Cielo Santo decidiese cual era el camino correcto.
Ahmed volvió a subir la escalera a la carrera saltando los peldaños de cuatro en cuatro. Dejó atrás el pequeño salón de la reunión y saltó al tejado contiguo dos metros más abajo. Las viejas y desgastadas tejas se removieron y crujieron. Sintió como dos balas rozaban su cabeza, no sentía miedo por morir, llevaba años combatiendo en una guerra sin fin y había esquivado a la muerte en numerosas ocasiones.
Pero ahora tenía un nuevo cometido.
Si alguna de las numerosas patrullas israelíes que rondaban la zona detectaba los disparos, al instante tendrían allí a los helicópteros de guerra y si sus perseguidores de Isis o los soldados israelíes le mataban, la misión seguiría adelante sin que nadie pudiese hacer nada por detenerla.
Él era el único que podía hacerlo.
Sin pensarlo, Ahmed se deslizó por la vieja pared hasta alcanzar el angosto callejón. Parecía un túnel escavado entre las pequeñas casas de barro. El ex guerrero de Isis corrió todo lo rápido que pudo sin pensar si las balas de sus perseguidores podrían alcanzarle.
El callejón desembocó en una calle algo más ancha que se deslizaba por la pendiente donde descansaba el pueblo. Un pequeño camión ronroneaba lentamente subiendo por el camino, Ahmed sacó su pistola y encañonó al conductor que bajó sin oponer resistencia. Pudo ver a los tres hombres de Hashîm que salían del callejón.
Las balas destrozaron la luna delantera del viejo camión. Ahmed se agachó y prácticamente sin visibilidad, giró el volante todo lo que pudo cambiando el sentido del vehículo. Las gomas desgastadas de las ruedas levantaron una nube de polvo. Ahmed alzó su cabeza mirando al frente y pisó a fondo el pedal del acelerador haciendo que el camión se quejase como un viejo animal.
A unos ocho kilómetros de allí, un convoy de la ONU llevaba alimentos a los refugiados del interior de Siria. El ex guerrero del Estado Islámico enfiló el camión hacia allí. Abandonó el pueblo y condujo entre las suaves colinas que dibujaba el terreno. Pronto, por el retrovisor pudo ver la nube de polvo que levantaba el jeep todo terreno de Daesh.
El helicóptero de guerra apareció en el cielo. Era un AH-64 Apache. Ahmed no pudo ver ningún distintivo en el fuselaje del aparato, pero inmediatamente supo que pertenecía al ejército israelí, conocía muy bien aquella máquina de guerra cuyos letales misiles habían pasado decenas de veces sobre su cabeza. El helicóptero hizo una pasada a ras de suelo. Examinando. Si le disparaban todo terminaría.
El AH-64 pareció describir una lenta parábola en el cielo hasta que nuevamente encaró a los dos vehículos terrestres. Esta vez no perdió altura. Su cañón M230 comenzó a expulsar proyectiles como una auténtica boca de fuego. El pequeño remolque del camión se abrió como una lata de hojalata, pero las ruedas continuaron su avance.
Ahmed dio un volantazo y abandonó el camino, detrás de él, pudo ver como el jeep con los guerreros del Ejercito del Estado Islámico que le perseguía volaba en mil pedazos alcanzado por los proyectiles israelíes.
El helicóptero Apache giró de nuevo en el aire. Uno de sus misiles se desprendió de sus anclajes. Era el fin. Ahmed frenó en seco y dio un volantazo a la derecha. El camión rozó un pequeño árbol justo antes de que una explosión abriese un cráter en el suelo. El vehículo votó sobre el terreno izándose casi dos metros en el aire. Ahmed se agarró al volante y todos sus huesos crujieron cuando las ruedas volvieron a posarse sobre la tierra.
El camión continuó su avance mientras el helicóptero volvía a girar en el cielo preparándose para un nuevo disparo.


viernes, 26 de agosto de 2016

Publicación "Los Gegos"


http://www.bubok.es/libros/247019/Los-Gegos


AUTOEDICIÓN

Maquetación profesional.

Diseño de portada moderno y atractivo.

Crítica literaria favorable.

Y lo que es más importante, una historia llena de misterio y suspense con una trama narrada en primera persona que sumergerá al lector en el místico y misterioso mundo de las sectas.


miércoles, 17 de agosto de 2016

GUERRA MUNDIAL SANTA (Cap. I)


Miles y miles de personas se congregaban en torno a un gran espacio abierto, alborotadas y entusiastas, gritaban y vitoreaban al paso de un solo hombre.
El individuo, aislado, solo en su vehículo blanco y blindado, parecía sonreír de una manera triste y sincera, a la vez que con su mano, saludaba a la multitud de manera lenta y cansada.
El Papa, líder espiritual de los católicos, comenzaba así su peregrinación por uno de los estados de la Europa Occidental, gira que le llevaría por varios países más hasta recorrer prácticamente toda Europa, el viejo continente compuesto por países libres y democráticos, países donde predominaba el cristianismo como religión, y dentro de él, el catolicismo.
El Papamóvil, seguido por millones de ojos que en todo el mundo veían en directo el evento a través de la señal de televisión, hizo un lento giro de casi 90 grados y enfiló con desesperante tranquilidad una amplia avenida, mientras que a miles de kilómetros de allí, una de las personas que seguía la retransmisión, se levantó y apagó el televisor.
-Occidente y su libertad -exclamó en un perfecto árabe y en un tono indudablemente despectivo-, ¿pero a que llaman libertad?
-No lo des más vueltas querido Hashîm -contestó su acompañante y amigo, un hombre árabe alto, grueso de hombros, vestido pulcramente con camisa y pantalón oscuro, con botas negras de estilo militar casi hasta las rodillas y armado con pistola -, jamás triunfaran sobre la verdadera fe.
Ahmed puso la mano en el hombro de su amigo. Los dos habían combatido durante años y habían liderado al valeroso ejército del Estado Islámico en su época más gloriosa. Ahora, las superpotencias se habían unido para acorralarles y acabar con ellos. Pero antes de que llegase su fin, habían conseguido organizar aquella reunión, habían sido capaces de juntar al Islam, de reunir a las facciones más importantes: chiíes y suníes, todos juntos por un objetivo común.
-Vete Ahmed, es mejor que crean que he venido solo –ordenó Hashîm.
Los dos hombres se despidieron con un fraternal abrazo y Hashîm abandonó la vieja casa; recorrió a pie la calle central del pueblo hasta llegar al pequeño edificio de dos plantas. Entró y subió hasta el primer piso.
Ya estaban todos. Los asistentes a la reunión habían ido llegando hasta  el pequeño pueblo, situado a tan solo veinte kilómetros de la frontera con Israel, a lo largo de la última semana, haciéndose pasar por mercaderes o bien como simples turistas. Todos eran hombres y todos habían llegado sin levantar sospechas.
Era la reunión más secreta que jamás se hubiese producido en el planeta a lo largo de su historia. Tan solo ocho individuos en nombre de miles de millones de personas.
Hashîm les miró a todos sin saludar y ocupó su lugar en el extremo de la mesa. La habitación, tan solo amueblada con una gruesa mesa de madera, las sillas justas y una jarra de agua en el centro, rezumaba un tenso silencio. Se fijó en el individuo que estaba más a su izquierda, el turco Ahmul, las arrugas en su piel delataban su edad de más de seis décadas, vestido elegantemente al estilo occidental, el pequeño hombre estaba encogido en su asiento de madera y parecía dormir, era uno de los miembros más antiguos de La Asamblea Nacional Turca, aún así, siempre había pasado inadvertido para Occidente. Al lado de Ahmul se sentaba un hombre algo más joven pero vestido igualmente con traje y corbata, un alto cargo del ministerio de asuntos exteriores tunecino, un político admirado por la diplomacia occidental por sus aparentes dotes aperturistas, su visceral odio a Israel era algo que muy pocas personas en el mundo conocían.
La implicación de Turquía y los estados del norte de África era algo fundamental.
A continuación de ellos, vestido elegantemente con túnica y turbante blanco, el Príncipe Abdul-Alim, descendiente de la antigua y extinguida monarquía yemení y líder en la sombra de Yemen Al Qaeda.
Las dos organizaciones yihadistas más poderosas del Islam por fin unidas en un frente común.
Hashîm respiró satisfecho y continuó observando al grupo. Al otro lado de la mesa se sentaba el mismísimo ministro del interior iraní, sin duda, el gran representante de los chiíes en aquella reunión, había sido lo más difícil, involucrar a Irán, pero finalmente allí estaba, dispuesta a colaborar en la misión; a su lado, el príncipe Butrus de Arabia Saudí, uno de los principales delfines del rey Salmán, que por supuesto, no estaba enterado de la celebración de aquella reunión.
A continuación, el diplomático ruso, conocido en los países árabes por su notoria oposición al imperialismo de Occidente y con el suficiente peso como para dejarse escuchar en los más altos poderes de la Madre Rusia. Tener a Rusia como aliado era otra de las cuestiones esenciales, después, la crueldad del capitalismo católico atraería a otros importantes estados anticapitalistas a su causa, como al gigante Rojo y a sus aliados.
Y apartado, mirando absorto a su pequeña parcela de madera en la mesa, el miembro más importante de aquella reunión.
Hashîm lo miró distraídamente, tenía una pequeña mancha roja en forma de hoja de cerezo cerca de su ojo izquierdo que se fundía sutilmente con las perfectas simetrías de su rostro moreno; el individuo ni pestañeó, tan solo hizo un gesto con su mano, como si quisiese que aquella reunión empezase y terminase cuanto antes.
Sí, todos estaban deseando de qué todo empezase, pero nadie sabía cómo iba a terminar. Todos ellos estaban en manos de Alá.
Enseguida, el hombre del Estado Islámico dejó de prestar atención a los siete individuos y comenzó a repartir los documentos entre todos ellos, cada uno de los papeles llevaba el inconfundible sello de ISIS.
Todos los presentes leyeron los papeles envueltos en un silencio lleno de calor y tensión. Durante más de una hora, los componentes de la reunión examinaron el extenso documento donde se exponía con claridad los pasos a seguir y la misión que cada uno de ellos y sus respectivos países u organizaciones deberían de cumplir meticulosamente una vez comenzase la misión.
El diplomático ruso se levantó el primero y abandonó la estancia. Uno a uno, todos le fueron imitando.
Todos los documentos quedaron bocabajo.
Aquel gesto solo tenía un significado. La misión había sido aprobada y se llevaría a cabo.

viernes, 1 de julio de 2016

La excursión nocturna


Por un momento el silencio fue absoluto.
La oscuridad pareció envolverlo todo.
Pero solo por unos efímeros instantes, porque la bota de montaña hizo crujir la tierra bajo su gruesa suela y un insecto nocturno murmuró en un extraño idioma. Las estrellas y la Luna que en aquel momento rozaba la línea del horizonte, volvieron a dar cierta claridad a la noche.
Raúl volvió a respirar con normalidad y su corazón volvió a relajarse dentro de su pecho. Por un momento había sentido miedo. Terror. A la noche. A lo desconocido. A pesar de que era un joven radicalmente racional.
-Vamos salir ya –protestó con firmeza. Su voz se perdió entre la soledad de las oscuras colinas que le rodeaban-. Esto ya no tiene gracia.
Hacía más de diez minutos que sus dos compañeros de excursión habían desaparecido mientras él se quedaba rezagado unos metros, su enorme envergadura y su escasa experiencia en acampadas domingueras, le hacían caminar a un menor ritmo de cómo lo hacían los otros dos chicos.
Pero la broma ya se estaba haciendo pesada, era un inexperto excursionista y de noche se podía desviar sin querer del camino, ellos también,  y entonces…
Raúl saltó sobre sí mismo. El ruido, o más bien el gruñido, había sonado cercano, a la derecha del camino. Y no había dio el gruñido de ninguna alimaña nocturna, sino que había sonado como si miles de latas oxidadas se deslizasen por un estrecho tubo metálico, había sido un ruido estremecedor.
Miró hacia allí. Una suave loma se alzaba cubierta de piedras y en lo que en la oscuridad parecían arbustos.
Su corazón se volvió a acelerar.
-Ya está bien –su voz sonó insegura, temerosa a la noche.
Continuó andando mientras las sombras de los matorrales parecían seguirle y el silencio nuevamente rompía la noche a pesar de que sus pies se arrastraban contra la tierra del camino.
El desgarrador gruñido de hacia tan solo unos instantes no dejaba de tintinear en su cabeza. ¿Y si había algún animal salvaje por aquellos parajes? No, maldita sea, claro que no, allí solo había conejos, cansadas liebres y tal vez algún perdido jabalí.
Debía calmarse. La broma no tardaría en finalizar y…
La sombra se clavó ante él envuelta en un alarido. Raúl cayó hacia atrás, perdió el equilibrio y dio con sus nalgas sobre la dura tierra del camino. Sintió como su piel se cubría de un pegajoso aunque gélido sudor. El miedo le atenazó, todos sus músculos se agarrotaron escapando del control de su cerebro. De su garganta se escapó un lastimoso tartamudeo cargado de terror.
-Jajaja –la risa sonó de lo más sincera y desagradable-. Vamos tío, vaya susto Jajaja.
La sombra inmediatamente dio forma al grueso pero atlético cuerpo de Codina, uno de los chicos.
-Eres un hijo de puta –Raúl lanzó una mirada de rabia a su “amigo”. No podía moverse, aun sentía calientes y blandas sus articulaciones. Si en aquel momento hubiese tenido fuerzas, no dudaba de que se hubiese abalanzado sobre Codina para matarle a tortazos.
-Venga levanta –dijo alegremente el recién llegado con un ofensivo toque de satisfacción mientras tendía una mano a Raúl-. ¿Dónde está Rober?
-Lastima no se haya caído a un pozo junto a ti –sentenció Raúl mientras se levantaba.
-Vamos tampoco es para tanto –se defendió Codina-. ¡Rober! Vamos tío sal ya.
El gruñido sonó más cercano. Mucho más cerca que cuando Raúl lo había escuchado por primera vez. Pudo ver como el semblante bromista y chistoso de su amigo desaparecía de su rostro.
-Antes lo escuché también –informó Raúl-, pero más lejos.
-Rober no seas cabron y sal de una vez –dijo sin prestar atención a las palabras de Raúl.
Un nuevo sonido se deslizó por el aire atravesando y arañando la noche.
Eran un chillido. Un grito humano de dolor y de terror.
Y procedía de una voz conocida.
-Rober –susurró Codina.
-¿Qué está pasando? –preguntó casi en una voz inaudible Raúl.
Otro sonido se hizo latente elevando su intensidad segundo a segundo, era un bufido que cruzó como una ráfaga de aire entre las cabezas de los dos chicos hasta que algo impactó contra el suelo del camino a escasos metros de ellos.
Los dos jóvenes se acercaron a la zona del impacto.
-¡Agh!
-¡Dios mío!
La cabeza reposaba achatada como un negro asteroide deformado. Una de las cuencas de los ojos estaba vacía, pero la otra mantenía el globo ocular que relucía en la noche como un macabro cirio.
-Es… es…
-Sí.
La sombra apareció detrás de ellos y se fue haciendo sonora acercándose lentamente, acompañada de un olor putrefacto que dañaba las fosas nasales. La tierra del camino crujió como golpeada por un inmenso yunque de hierro apunto de abrirse y dejar escapar de sus oscuras entrañas a todos los diablos del infierno.
Los dos jóvenes se juntaron y por un momento dio la impresión de que se fundirían en un abrazo de protección, pero no lo hicieron, permanecieron mirando a la sombra que ennegrecía a la propia oscuridad de la noche, observando aterrados y paralizados como la sombra avanzaba hacia ellos.
El silencio se hizo de nuevo latente como si fuese preámbulo de alguna desgracia inevitable.
-¡Corre! –el grito rompió el maléfico silencio.
La enorme sombra pareció detenerse.
Raúl observó como su compañero se lanzaba a la carrera alejándose del lugar. La sombra se movió de nuevo, a escasos dos metros de donde él se encontraba.
Comenzó a correr.
Solo miraba al suelo. Por un momento, escuchó los pasos de Codina cerca de él e incluso su respiración. Sentía sus pies hincarse en la tierra y arrastrar trozos piedras y de terrones resecos. El terreno pronto se hizo mucho más abrupto, el nivel se convirtió en pendiente, matorrales y enormes piedras comenzaron a poblar el terreno. Su respiración parecía arrancar trozos de carne del interior de su pecho.
Se detuvo. Podía ver el rastro de las estrellas hasta envolver a la Luna que descansaba en el horizonte. Codina había desaparecido. Raúl comprendió que estaba perdido y lo único que sabía de aquella zona es que el pueblo más cercano que era al que ellos tres se dirigían, estaba a poco más de cinco kilómetros siguiendo el camino.
Pero el camino había desaparecido. Y uno de sus compañeros había sido decapitado y habían lanzado su cabeza contra ellos. Había visto los rastros de la masacre a pesar de la noche.
Sintió un incontrolable malestar en su garganta. Raúl se arrodilló en la tierra y comenzó a llorar. Lo que estaba viviendo solo podía ser el fruto de una pesadilla de la que despertaría muy pronto.
O tal vez no fuese una pesadilla. Debía de buscar el camino y andar hasta el pueblo. Era su única opción.
Pero estaba la sombra. La diabólica sombra. La había escuchado y la había visto. Su olor. Su respiración. Su negrura.
Llevó sus manos a su cabeza en un gesto de suplica.
-Raúl… -la voz sonó lastimosa y cercana.
Era la voz de Codina.
Raúl se levantó de inmediato.
-¿Eres tú? –preguntó a la noche.
-Ayúdame –era la voz de su amigo. Sin duda. Llena de angustia. Tal vez sufrimiento.
Raúl miro a su alrededor. La voz provenía de arriba, como si estuviese sobre su cabeza. Alzó la vista. Se dio cuenta de que las estrellas habían desaparecido.
La oscuridad era total.
-Ayúdame… -repitió la voz de Codina.
Esta vez, Raúl sintió como un helado escalofrío recorría sus entrañas. Era la voz de su amigo, sí, pero algo la pasaba, no tenia brillo, ni fuerza.
Era una voz muerta.
-¿Dónde estás? –soltó en un tono roto y angustioso.
-Detrás de ti –la voz de su amigo había cambiado. Las palabras se habían distorsionado como la hojarasca seca alcanzada por las llamas.
Raúl se giró sobre sí mismo. Algo en el interior de su pecho dio unos golpes de protesta. Ante él solo había oscuridad.
-Ven… ayúdame… -dijo la deformada voz de Cándido.
Raúl ya dudaba si era su amigo, pero aun así, avanzó.
Ya no tenía nada que perder.
Entonces, la sombra recortó la oscuridad llenando todo alrededor de una siniestra negrura. No soltó ningún aullido, pero Raúl pudo percibir el tenebroso siseo de una respiración. El olor penetró en sus narices como si hubiesen esparcido toneladas de basura en el aire.  
Raúl dio dos pasos más. Hacia la sombra.  


domingo, 15 de mayo de 2016

Los Gegos (Cap. XIII)




Este es el último capítulo de "Los Gegos" que aparecerá publicado en el blog.
Después de pasar por una valoración de lectura hecha por una profesional de la literatura, la novela ha salido bastante bien parada recibiendo una nota de 7 y con comentarios positivos hacia la novela y también hacia el autor.
Por eso, me he animado a publicar la novela y el próximo mes de junio (tal vez julio) sera su lanzamiento. De todo esto iré informando en este blog.
No obstante, si algún lector ha ido siguiendo los diferentes capítulos publicados, no le dejaré a medias y si lo desea, le mandaré la novela completa en formato PDF a la dirección electrónica que él me diga.                                


Conduje según las indicaciones que “el espía” me iba transmitiendo. Las afueras de la ciudad se hicieron evidentes cuando pasamos entre los últimos y pequeños bloques de viviendas que rápidamente dieron paso a un pequeño polígono formado por antiguos edificios que parecían almacenes abandonados; no se veía un alma y empezaba a nevar con más intensidad.
Enfilamos una carretera comarcal que enseguida se hizo empinada, notoriamente empinada, la visibilidad se hizo casi nula y lo único que yo atinaba a ver delante de mí era una blanca y reluciente cortina formada por los copos de nieve y que cortaba en seco la oscuridad de la noche, estaba seguro de que en cualquier momento no podría seguir avanzando por el firme de la carretera que cada vez recogía mas nieve. Reduje la velocidad hasta tener que meter la segunda marcha.
-¿Estás seguro que es por aquí? –aquel tipo no terminaba de convencerme, ni mucho menos, pero al menos no estaba solo y su compañía me daba cierta tranquilidad, al fin y al cabo era un agente del CNI.
-Sí –dijo-. Conduce despacio.
Maldito idiota. Despacio, si ya casi estaba parado.
-Oye, no pareces un agente de inteligencia –dije sin apartar mis ojos de la cada vez mas invisible carretera. Desde luego yo no era experto en espías ni en agentes de la inteligencia, y por supuesto deducía que todos los agentes no serian unos James Bond, pero aquel tipo no me encajaba en absoluto en ningún arquetipo habido y por haber de agente secreto.
Sentí su mirada y una mueca en su cara que me pareció una media sonrisa.
-El CNI me reclutó hace unos años para que les prestase mis servicios, de repente aparecieron en mi vida y sin darme cuenta, en pocas semanas, ya trabajaba para ellos, sí, para el poderoso servicio de inteligencia del Estado pero con un contrato temporal y con un sueldo irrisorio –volví a mirarle ¿Y para qué querría la inteligencia española los servicios de aquel tipejo? ¿Sería un súper karateca? ¿Por qué nos había estado siguiendo a mí o a Eve? El tipo continuó hablando-. Pero me atraía la idea, además, podía desarrollar mi trabajo sin barreras administrativas y saltarme montones de ridículas leyes, sin límites de presupuestos, con los medios más modernos a mi alcance, y eso me encantaba.
-¿Y cuál es tu trabajo?
-Soy parapsicólogo.
La sorpresa me dejó atenazado en mi asiento, sentí las manos agarrotarse en el volante, pero pronto me relajé, tenía su sentido, los Gegos, yo ya había descubierto que sin duda, aquella secta o lo que fuese, tenía algo especial y aquel tipo se dedicaba a estudiar fantasmas, por eso nos seguía, por los Gegos. Me sentí animado, mucho más animado.
-¿Y nos sigues por los Gegos? ¿Realmente son fantasmas para que el CNI ponga a un parapsicólogo detrás de ellos?
-Fantasmas, eso es lo que hace a este mundo mediocre, la gente como tú qué opina de las cosas sin saber exactamente de lo que está hablando.
Casi paré el coche, no me consideraba una mente privilegiada pero tenía cierta capacidad de razonamiento, había estudiado y siempre me habían interesado los programas de cultura, toda clase de temas.
-La parapsicología es la ciencia que estudia los espíritus –exclamé totalmente convencido y con ganas de soltarle un puñetazo por llamarme mediocre.
-Estudia el comportamiento de la mente en ciertos aspectos –aclaró-, exactamente cuando ésta trata de interactuar con el ambiente sin un vinculo físico de por medio, es decir, los fenómenos psi, habrás oído hablar de la telepatía, las percepciones extrasensoriales, la telequinesia, el que a la parasicología se le asocié directamente con los espíritus es una mera consecuencia del estudio que hace de la mente humana y la relación que ésta tiene con la energía que compone al ser humano y que con casi toda seguridad permanece en el espacio cuando éste muere.
Escuché con atención su explicación y entendí con más claridad el meollo en el que me había metido y casi comprendí las explicaciones de Eve sobre la Energía Madre que según ella regia los designios del ser humano.
-No sé quiénes son los Gegos de los que hablas, llegué hasta vosotros investigando un caso de asesinato –continuó explicando mientras yo escuchaba con tremenda atención-, la muerte de una joven a manos de un supuesto novio, el chico aseguraba que no fue él quien cometió el asesinato, pero las pruebas de la policía eran y son irrefutables en su contra.
Nika. El caso era idéntico al de la amiga de Eve.
-Da igual que no sepas quienes son, son peligrosos, trafican con bebes y no puedo entender como la policía no tiene ningún indicio sobre sus actividades delictivas, es más, parece ser como si les favoreciesen en sus actos.
“El espía” entonces me miró con mucha atención.
-Verás –el tipo pareció dispuesto a compartir conmigo cierta información- los Gegos de los que me hablas tienen que tener relación con algún grupo o asociación juvenil, digamos, que practican actividades fuera de lo normal.
-Son una secta –le aclaré. Pero el tipejo iba bien encaminado, los Gegos tenían relación con grupos juveniles, y mucha relación.
-Sí –dijo como si tal cosa-, una secta, esos grupos en muchas ocasiones actúan tapados por asociaciones culturales, juveniles e incluso benéficas, aparentemente sin ningún acto delictivo, la policía española no tiene nada en contra de ellos, tan solo el CNI posee cierta información.
“Muchos de estos grupos predominan en Estados Unidos y están implantados como religiones, nada de sectas, simplemente como religiones locales pero con una fuerza impresionante entre la comunidad juvenil, yo llegué hasta ellos después de semanas de investigación envuelto en mi rutina diaria de investigar la relación entre hechos delictivos y sectas u otras organizaciones que supuestamente interactúan con fenómenos paranormales; alguien anónimo, puso encima de la mesa de mi pequeña y apartada oficina, una copia de un extraño expediente –me miró con una irónica sonrisa dibujada en sus finos y blancos labios-, el CNI, a los investigadores de materias algo dudosas y difíciles de explicar a la opinión pública, como la mía, nos aparta como si tuviésemos una enfermedad contagiosa, en fin, el expediente contenía la información sobre la muerte de una muchacha que acababa de dar a luz, tan solo 18 años, muerta en un extraño accidente sin resolver y la posterior adopción del bebe por un grupo religioso, adopción totalmente legal a todas luces, en principio no entendí que significaba aquel expediente encima de mi mesa, pues desde luego no parecía tener ningún ingrediente paranormal, la policía había investigado el caso de cabo a rabo sin encontrar nada anormal, la joven frecuentaba un grupo de amistades que compartían una organización juvenil benéfica, una especie de ONG, algo raro y que no encajaba con la vertiginosa vida de diversión del grupo, pero nada ilícito, nada fuera de lo corriente, sólo el extraño y escueto testimonio de la pobre madre que decía “mi hija era otra”. ¿Qué podía sacar en claro un parasicólogo de aquel caso? Me puse a buscar expedientes de jóvenes madres muertas en extrañas circunstancias y que hubiesen dado a sus bebes en adopción, antes o después de su muerte, y había algunos para mi sorpresa, pero todos resueltos por la policía, y los que no, no incluían ningún elemento extraño como la declaración de la madre de mi chica. Entonces me puse a buscar entre mi lista de sectas y grupos extraños, los que pudiesen, sobre todo, tratar con jóvenes y que hubiesen tenido alguna denuncia por trato o desaparición de bebes, la lista en España era muy escasa, así qué miré en Estados Unidos, la lista de estos grupos era innumerable, numerosas sectas y grupos religiosos estaban relacionados con el tráfico de bebes, abusos de menores, trafico de drogas e incluso asesinatos y desapariciones de muchos de sus miembros, pedí permiso a mi jefe para viajar a Estados Unidos a investigar alguno de esos grupos, claro que no me lo concedió, pero para mi sorpresa, al cabo de dos días me presentó unos fondos y el permiso para marcharme a Los Ángeles, alguien le había convencido, imaginé que él mismo que dejó el expediente sobre mi mesa”.
No dejaba de nevar, no sabía cuántos kilómetros llevábamos recorridos y cuantos quedarían para nuestro destino, el agente del CNI parecía haberse olvidado del GPS mientras me contaba toda aquella historia. Sectas, me di cuenta de que no sabía mucho de muchas cosas, exactamente no sabía lo que era una secta.
-Ya en el país americano, me llamó la atención uno de esos grupos –continuó-, en Estados Unidos tienen controladas a miles de sectas y muchas de ellas tienen cierta permisibilidad mientras no lleven una actividad delictiva demasiado pronunciada, Estados Unidos es el país más liberal del mundo donde se ejerce sin contemplaciones una ridícula y esperpéntica doble moral, en cualquier caso, mi investigación sobre uno de estos grupos me llevó a interesarme por el caso de un joven español estudiante de psicología en la Universidad de California, el chico en la actualidad está condenado a muerte por el salvaje asesinato de su novia.
Me removí en mi asiento y sentí un escalofrío a pesar de que la calefacción del coche funcionaba a todo gas y no dejaba de expulsar chorros de aire caliente. Nuevamente relacioné aquel caso con el de Nika, la amiga gótica de Eve y de lo que había pasado hacía tan solo unas horas.
-La cosió a puñaladas –sentí su mirada clavarse en mí-. El chico, en su declaración ante la policía sólo dijo que “no recordaba, que ellos se habían apoderado de su mente y le habían ordenado matarla.” El abogado de la acusación y el fiscal terminaron de merendárselo alegando que empleaba aquellas fantásticas artimañas como último recurso para defenderse de su indefendible crimen. Pero claro, ellos no son parasicólogos, yo sí, estaba claro que el chico se refería a que alguien se había apoderado de su mente, como la madre de la chica española muerta en un extraño accidente y que decía que “su hija era otra”. Anuqué mínima, había encontrado una relación, ahora sólo tenía que averiguar a quien se refería el chico, quienes fueron los que le obligaron, quien le indujo a cometer aquel terrible crimen, investigué el caso y descubrí que el joven había comenzado a acompañar a su novia a fiestas organizadas por una especie de organización juvenil, donde las fiestas para jóvenes eran abundantes, alcohol, drogas, pero todo dentro de una inmaculada legalidad, ninguno de los chicos y chicas eran forzados a nada, el caldo de cultivo de los jóvenes americanos es una mezcla explosiva, me las arreglé para hablar con alguno de aquellos jóvenes y descubrí que aquella organización no era diferente a miles de religiones que pueblan los Estados Unidos y que basan su culto en una súper Inteligencia o Energía Madre.
-Es lo que Eve me contaba –atiné a decir con mi boca seca y medio mareado por todo lo que me estaba contando aquel tipejo.
-Ellos –prosiguió “el espía” sin prestarme atención-, mejor dicho, sólo algunos de sus líderes, gente exclusiva, personas especiales, son capaces de reconducir esa energía, son los pastores, y según mis informes, aunque no pude acercarme a ninguno de ellos por supuesto, son súper millonarios, intocables en el sistema americano. Pero yo ya tenía claro que aquel joven, de alguna manera, había sido inducido telepáticamente, mentalmente.
Clarísimo. De repente, como había visto en numerosas películas de misterio y terror, el sobrio edificio apareció ante nosotros a través de la cortina de nieve, agujerado por algunos puntos de luz procedentes de sus escasas ventanas.
-Sí –afirmé con toda la tranquilidad del mundo-, los Gegos son uno de esos grupos, seguro, no sé si son americanos, españoles o extraterrestres, pero desde luego se asemejan a lo que me estás contando porque según decía Eve, adoran a una súper inteligencia eterna que utiliza al ser humano como un mero vehículo para su deambular por el Universo.
-Eso es –dijo sin aparente sorpresa-, no sé si habrás oído hablar de la Teoría de la Determinación del Universo.
“No” pensé en contestar. ¿O sí? Eve mentó entre sus disparatadas teorías algo sobre la Determinación, claro, mi mente últimamente había oído tantas cosas, el caso es que la palabrita tenía su significado: determinación.
-Que todo está determinado en el Universo –se me ocurrió decir.
-Exacto, todo en la evolución del Universo ha sido preparado para que siga unos designios con una propuesta clara, unos dicen que la creación de la vida tal como nosotros la conocemos, otros, una inteligencia aun superior a la nuestra, de la que el ser humano tan solo sería un puente hacia esa gran Inteligencia -aquello sí que me sonaba-, incluso Stephen Hawking viene a decir que si los humanos no somos capaces de desarrollar técnicas de conexión directa entre su cerebro y los ordenadores, correremos el riesgo o el peligro real, de que los ordenadores, las máquinas, se apoderen del mundo.
Stephen Hawking, lo único que sabía de aquel tipo, es que iba en silla de ruedas totalmente parapléjico y que hablaba a través de un ordenador, y también que era uno de los científicos más eminentes del mundo.
¿Cómo podía haber dicho aquellas cosas?
-Pues hay muchos grupos que adoptan esa teoría para sus cultos religiosos –continuó el espía-, muchos son religiones cada vez más importantes y conocidas, otros menos y hay grupos que entremezclan esas creencias con fenómenos paranormales y algunos de estos grupos son sectas.
Me desvié por una estrecha carretera con un firme bastante limpio a pesar de la nevada, siguiendo las indicaciones que me daba el del CNI que por un momento pareció dejar apartadas sus macabras historias sobre sectas e inteligencias; enseguida llegamos a la parte delantera del manicomio, o lo que fuese aquel lúgubre lugar. El pequeño parking estaba totalmente cubierto por la nieve que parecía amarillenta por el efecto del reflejo de las luces de mi coche.
-Apaga los faros.
-¿Qué los apague? –contesté con cierta irritación.
-Sí.
Le hice caso. No veía un pimiento, casi a tientas aparqué el coche en el primer espacio que encontré. Salimos al exterior y enseguida sentí la fría nieve golpear con sonora fuerza mi cara, temblé de pies a cabeza y no sólo por el frio; había estado en compañía de Eve, dudando de ella sobre todo lo extraño y, porque no decirlo ya, sobrenatural de los sucesos que había estado viviendo a su lado, sí, y había dudado de ella a pesar de que a cada segundo que iba pasando a su lado, me había ido convenciendo de que algo especial envolvía a la fantástica muchacha, finalmente me había deshecho de su compañía para encontrarme con un agente del CNI que decía que era parasicólogo, un estudioso de espíritus y fenómenos extraños, o como había explicado él mismo, un estudioso del poder desconocido de la mente humana.
Miré hacia el siniestro edificio y sentí miedo. Mucho miedo.
Nos detuvimos a unos pocos metros de la entrada principal presidida por unas grandes puertas de hierro a las que se accedía por unos planos escalones de piedra escondidos en la oscuridad de la noche. Dejamos a un lado la entrada principal y bordeamos el perímetro que dibujaba la inmensa mole de hormigón que eran las paredes de aquel edificio, seguí al agente por la estrecha acera prácticamente pegados a la pared.
-¡Oye! –grité intentando hacerme oír entre el lastimoso ruido que provocaba el viento y la nieve al chocar contra el hormigón-, ¿por qué no pasamos directamente? Eres medio policía y esa chica podría estar en peligro si es que no le ha pasado algo ya.
El del CNI se detuvo en seco y me miró, con cierto enfado, o eso me pareció, porque a pesar de que estaba prácticamente a mi lado, la visibilidad era penosa.
-No grites –dijo, su voz ahogada por el viento parecía aún mas juvenil-, ya te dije que me han desautorizado para seguir con esta investigación, si los vigilantes de seguridad nos descubren tendremos aquí enseguida a un ejército de policías.
Tal vez fuese lo mejor, la policía. Miré de nuevo la silueta del edificio. Tenía que seguir con aquello, tal vez fuese la pista definitiva. El parasicólogo continuó andando pegado a la pared y al doblar una esquina se detuvo en seco, no pude evitar llevármelo por delante. A unos pocos metros, pegado a la acera, estaba estacionado un coche, su motor ronroneaba haciendo que el humo del tubo de escape se elevase en una nube continua que parecía flotar como una fantasmagórica niebla en la fría noche, sus luces encendidas me cegaron, pero no impidieron que pudiese ver que detrás había otro vehículo aparcado. Los dos nos volvimos a esconder detrás de la esquina. Nuevamente sentí mi corazón desbocado e irresistibles deseos de salir corriendo hacia mi coche, hacia mi casa, alejarme de allí para siempre. Pero nadie pareció bajar del auto y venir hacia nosotros, si había alguien dentro, nos tenía que haber visto. Aguardamos unos segundos pegados a la pared hasta que el tipo del CNI volvió a asomarse.
-No hay nadie en el coche –afirmó sin demasiada convicción y comenzó a andar con una torpe cautela. Desde luego no aparentaba tener muchas dotes de espía. Le seguí hasta llegar al vehículo con mi corazón latiendo afanosamente.
Era un coche de vigilancia privada rotulado por toda su chapa con los logotipos de una empresa de seguridad, estaba detenido junto a una estrecha puerta de aluminio abierta de par en par que dejaba a la vista una oscuridad nada alentadora.
Entonces me quedé de piedra, sentí como un calor sofocante volvía a llenar mis células a pesar de que a aquellas alturas ya estaba calado hasta los huesos, deseé desaparecer lleno de una angustia aterradora, el otro coche, el que estaba parado en silencio detrás del de vigilancia, aún no estaba cubierto de nieve y se podía apreciar claramente el color blanco de su chapa. Era un Ford, un pequeño Ford blanco, era el maldito Ford blanco al que yo había perseguido hacía ya tres larguísimos días por las carreteras de la Sierra de los Monasterios hasta llegar a la ciudad donde acabé peleándome con el chico que lo conducía, el tal Candy.
-Están aquí –anuncié con un murmullo al del CNI que me miró con unos ojos revoltosos e infantiles, aquel tipejo desde luego continuaba sin darme ninguna confianza.
-¿Tus amigos los Gegos? -Le devolví la mirada como queriendo atravesar su estúpida cara con mi mano abierta. Sacó su pistola, por fin, y esta vez pude apreciar en sus ojos una serenidad que no había apreciado en él hasta entonces y que consiguió relajarme un poco.
-Sí, ellos –volví a mirar al Ford blanco como quien mira a un perro rabioso atado que no para de ladrar ferozmente ni de mostrar sus afilados caninos-. Tal vez deberíamos llamar a la policía.
-Si viene la policía, ellos huirán mucho antes de que puedan cogerlos y además, no hay tiempo, la chica no tiene tiempo.
Asentí con mi cabeza, que podía hacer.
-Sígueme y no te hagas el valiente –dijo. “Valiente”, desde luego aquel tipo tenía una mezcla de estupidez y serena valentía-. Sólo una cosa, creo que ya lo has notado, pero algunas cosas de lo que escuches o veas, pueden no ser real, intenta seguir las señales de tu cerebro, no te dejes guiar por otras sensaciones.
Aquellas palabras no me tranquilizaron en lo más mínimo. Me echó una última mirada y martilleó su pistola.
-Vamos.
Le seguí intentando analizar su último consejo y al instante nos tragó la oscuridad del interior del edificio. Desde luego que no iba a hacerme el valiente, aunque quisiese, estaba dominado por un maldito estado de nervios y angustia, sentía pánico y estaba seguro de que me iba a encontrar envuelto entre un ejército de fantasmas y espíritus.
 Pronto la oscuridad cedió un poco. Recorrimos un pasillo estrecho pintado de lo que parecía ser un gris oscuro, desde el techo hasta el suelo. Sólo se divisaba una puerta, al final del pasillo.
-Este edificio es grandísimo –mis palabras, aunque parecían un susurro, rompieron el mortífero silencio y me sentí un poco mas aliviado- ¿Dónde vamos a buscar a la chica?
El de la americana blanca tan solo me miró y con un gesto desagradable me indicó que guardase silencio. Guardé silencio. La puerta estaba ya a unos pocos metros y las últimas palabras que había soltado por mi boquita, me habían servido para controlar el estado de ansiedad en el que me encontraba hacía tan solo unos segundos.
“¡BOUNG!” Salté literalmente y solté un grito aterrador, el del CNI no gritó, pero su cuerpo se estremeció delante de mí y apuntó estuvo de soltar la pistola, su reacción fue la de echar a correr hacia la puerta. Yo le seguí, no me quedaba otra y menos después del desgarrador ruido, mis piernas temblaban, mi estomago parecía haberse contraído como si fuese un mero objeto de goma, no pude evitar tropezar con el liso suelo, caí de rodillas sin que el de la americana me prestase el más mínimo caso. Me levanté apoyándome en la rugosa pared gris. Crucé la puerta que el parasicólogo ya había traspasado desembocando en un hall, al fondo, una puerta abierta dejaba entrever unas escaleras, corrí, el del CNI no me esperaba, ya le había perdido de vista, sentí como una fuerza invisible proveniente de mi propio interior tiraba de mí como queriendo tragarme a mí mismo, las fuerzas me abandonaban, el nudo en mi garganta me presionaba lo suficiente como para sentir que las lagrimas ya recorrían mis mejillas, pero a pesar de todo sabía que no debía detenerme, no podía perderme en aquel maldito lugar, apreté los dientes y empecé a subir las escaleras. Arriba escuché varias voces. Y otro golpe casi idéntico al primero pero con algo menos de intensidad.
Llegué a la primera planta, miré a ambos lados del pasillo. Totalmente vacío, si mal no recordaba, el edificio constaba al menos de 3 o 4 plantas, no podía recordarlo exactamente. Debía de seguir subiendo, de repente, una sombra apareció al final del interminable pasillo, mi corazón dio un doloroso vuelco, pero no era ningún fantasma, era un tremendo guardia de seguridad con su pistola en la mano y notablemente excitado.
-¡Quieto! –me gritó. Vi como aquel enorme hombre uniformado me apuntaba con su pistola y pegué un salto hasta la escalera. Subí corriendo intentando no pensar en todo el enorme lio y en el inmenso peligro en el que estaba envuelto. Continué ascendiendo por los peldaños sin saber lo que podría encontrarme arriba; llegué al segundo piso donde todo estaba escuro y continué subiendo. Paré de golpe en la tercera planta, al final del pasillo el agente del CNI apuntaba a alguien en una de las habitaciones junto a un bulto inerte en el suelo. Parecía el cuerpo de un policía. Detrás de mí se acentuaban los pasos del excitado gigantón. No sabía qué hacer, me quedé mirando al de la americana blanca como un niño que ve a su madre inconsciente a su lado, enferma, sin saber qué hacer y perdido en medio del mundo. El vigilante llegó a pocos metros detrás de mí, su respiración sonaba como una máquina de vapor.
-Al suelo –resopló. Le miré de reojo y pude apreciar cómo me apuntaba con su pistola, el del CNI dijo algo delante de nosotros, algo que no entendí-, vamos, te he dicho que te tires al suelo cabron y con las manos sobre la cabeza.
-Una mujer está en peligro –dije mirándole con cara de suplica y levantando mis manos en señal de rendición. Noté como mi vejiga estaba a punto de explotar. La tensión me asfixiaba.
El hombre dio un paso más.
-De rodillas –le hice caso.
Vi como el vigilante sacaba sus esposas dispuesto a usarlas conmigo. Entonces, el agente del CNI comenzó a andar hacia atrás. Las luces blancas mortecinas del techo temblaron proporcionando un efecto de oscuridad-claridad. De la habitación salió la mujer árabe vestida con un largo camisón de hospital, miraba hacia el suelo y entre sus manos llevaba un libro. Alababa o rezaba en voz alta. La joven mujer, esta vez no tenía nada que ver con el aspecto que presentaba cuando Eve y yo la encontramos practicando el macabro ritual en la casa del mercado de Granada; detrás de ella, un joven la apuntaba con un arma que desde mi posición me pareció excesivamente mortífero y exagerado para la situación, un fusil o metralleta como las que se podían ver en la actualidad en la modernas películas bélicas, un fusil de asalto.
Detrás salió otro joven igualmente armado, era el Candy, y detrás pude intuir el movimiento de una sombra. Tuve la seguridad de que era uno de aquellos Gegos, uno de aquellos seres capaces de dominar la energía que nos envuelve. Sentí un amargo escalofrío que hizo temblar cada uno de mis miembros.
Desfilaron en una extraña procesión, todo me parecía irreal, el guardia jurado había dejado de prestarme interés momentáneamente y observaba hipnotizado, con las esposas colgando de su mano como un extraño rosario, la inquietante procesión.
-Dejad a la muchacha –escuché claramente como soltaba el parasicólogo enfrentándose a aquellos jóvenes paramilitares con una valentía y aplomo que me sorprendieron.
Las luces del techo tintinearon con mucha más intensidad haciendo que la oscuridad fuese mucho más negra y amenazante. Entonces vi claramente la sombra, era idéntica a las que había descubierto en la carretera del Poblé, a las del almacén de tés, a la que saltó por la ventana en la habitación de la Alcaecería, su simple visión hizo que se me nublase la vista dolorosamente, nuca había sentido nada así, mi cabeza no me respondía, temí por mi razón. Aquella sombra no era de este mundo.
El vigilante parecía estar paralizado a mi lado, su corpachón de casi dos metros y sembrado de duros músculos, parecía una estatua de piedra. “No todo lo que veas puede ser real”. Sentí la mirada de la sombra.
-¡Voy a disparar! –chilló la voz del agente del CNI.
Escuché las macabras carcajadas de los chicos.
El fluorescente más cercano a nosotros parpadeó locamente sobre nuestras cabezas antes de estallar como si le hubiesen incrustado un enorme petardo en su interior. El guardia jurado y yo nos tiramos al unísono al suelo, sentí trozos de cristal y plástico caliente sobre mi cabeza y espalda.
“¡Bang!” “¡Bang!” Tuve la seguridad de que si permanecía así, sin moverme, tirado en el suelo, moriría, pero no conseguía articular movimiento alguno, mi cerebro, dueño y señor de mis actos, parecía haberme abandonado, sin embargo, el vigilante parecía recobrar su compostura y consiguió gritar algo mientras se levantaba del suelo; el estruendo siguiente hizo que me sintiese como si me encontrase en el centro de un infinito campo de batalla, y eso que no había hecho ni el servicio militar. Uno de los chicos de los Gegos, o varios de ellos, hacían uso de sus metralletas, escuché el desalentador chillido de pánico y de dolor del vigilante antes de que su cuerpo cayese pesadamente a mi lado. Debía de huir de allí. No supe de dónde, pero pude reunir un puñado de fuerzas y comencé a gatear por el suelo, sin rumbo, mientras escuchaba un nuevo disparo de la pistola del parasicólogo pensando tontamente que era una lucha completamente desigual, un David luchando contra una infinidad de Goliats. 
Me arrastré por el suelo todo lo rápido que pude hasta que encontré una puerta entreabierta. Ya no sentía mi corazón, los temblores que sacudían mi cuerpo hacían inútil cualquier intento de recuperar la calma; el cuarto era un aseo, a pesar de mi estado, pude oler el intenso tufo a orinas y defecaciones, me metí en el pequeño retrete acompañado de aquel olor. Si decidían venir por mí, mi muerte estaba asegurada, nunca antes había sentido la muerte tan cercana. No quería seguir llorando, pero no tenía fuerzas para otra cosa, estaba aterrado, me acurruqué detrás de la puerta intentando ni tan siquiera respirar.
Las voces se hicieron más intensas pero los disparos cesaron por completo. Cerré los ojos y recé al Dios al que hacía muchos años había olvidado en un rincón, pensé en mi mujer, en mi futuro hijo. En Eve, ojala hubiese estado conmigo en aquel mismo instante. Las voces se fueron apagando y todo volvió a quedar en silencio, escuché la voz del parasicólogo que me llamaba por mi nombre, tuve la certeza de que era su fantasma porque no podía haber sobrevivido al terrible tiroteo.
Se produjo un nuevo silencio en el que tan solo pude escuchar unos pasos que se fueron acercando hasta detenerse justo al otro lado de la puerta. No podía mas, notaba como la histeria estaba a punto de arrancarme la ultima pizca de sensatez que me quedaba, me levanté, impulsado por alguna nueva fuerza hasta entonces oculta en mi interior, dispuesto a vender cara mi muerte, apreté mis puños al tiempo que alguien abría la puerta.
Chillé como una dama atrapada en medio de una banda de secuestradores hasta que delante de mí apareció el de la americana blanca, me miró con su pistola en la mano, no era un fantasma, estaba vivo aunque su pelo se levantaba en mil remolinos y tenía algunas manchas de sangre por su mejilla.
-¿Estás bien? –Me preguntó al tiempo que mi grito se ahogaba dentro de mi garganta-. Se han llevado a la chica –anunció al comprobar que no iba a obtener respuesta a su pregunta.
Tiró de mí y le seguí nuevamente, la sangre comenzó de nuevo a fluir por mis arterias y venas; volvimos al pasillo donde un tramo del techo estaba completamente arrasado por los disparos y el suelo cubierto por múltiples trozos de cristal, pladur, y otros materiales, las luces no parpadearon esta vez y el musculoso vigilante y el policía que había estado tendido en el pasillo, parecían recuperarse muy lentamente sin que al parecer tuviesen ninguna lesión importante. No nos prestaron la más mínima atención.
-¿Por qué se la llevan? –pregunté como un niño apesadumbrado por algún problema de mayores.
-Esa mujer tiene que saber algo que para ellos es muy importante y que no han sido capaces de sacárselo aquí –me contestó mientras seguía andando, casi corriendo.
-Esa chica sabe dónde están mi hermano y su nieto.

-Entonces, tu hermano y su nieto tienen una gran importancia para ellos.