lunes, 10 de octubre de 2016

GUERRA MUNDIAL SANTA (Cap. II)


Ahmed observó cómo iban saliendo cada uno de los ocho hombres que habían permanecido en la reunión, uno a uno, solos y en sigilo, sin ninguna nota llamativa que pudiese alertar al más sofisticado satélite ni al más alerta de los agentes de la inteligencia israelí que abarrotaban aquella zona situada a tan solo unos pocos kilómetros de la frontera hebrea.
Ahmed sabía de sobra que el resultado de aquella reunión cambiaria los designios de las civilizaciones actuales.
Tal vez para mejor. Eso lo diría el tiempo. Pero el precio que se debería de pagar sería muy alto. Millones de vidas humanas. La guerra que nacería de aquella reunión, de la misión, desbastaría el planeta.
Y Hashîm era su amigo. Su hermano. Pero sus caminos estaban a punto de separarse. Alá había decidido separarles y dispuesto que recorriesen direcciones muy diferentes.
Observó desde su rincón como todos iban abandonando la casa donde se había celebrado la reunión. Hashîm fue el último.
Cuando su amigo se alejó a pie de la casa, Ahmed se apresuró a entrar en el viejo edificio de tierra, nada mas atravesar la puerta, la temperatura cambió radicalmente apartando el abrasador calor del exterior y dando paso a una agradable sensación otoñal.
Subió apresuradamente las estrechas escaleras hasta desembocar en el pequeño salón donde los vasos de agua aún reposaban intactos sobre la enorme mesa de madera. La micro cámara, con aspecto de pequeño dedal de plata, se escondía en una pequeña ranura entre el viejo adobe de las paredes, él mismo la había colocado allí la noche anterior. Nadie, salvo Hashîm y el propio Ahmed, habían penetrado en aquella habitación antes de celebrarse la reunión.
Ahmed cogió el pequeño aparato y salió casi a la carrera. Prácticamente se dio de bruces con el jeep cubierto de polvo. Los tres individuos pertenecían a la elite de ISIS. Solo tuvo tiempo de apartar su cabeza antes de que una bala hiciese saltar astillas del marco de madera de la vieja puerta.
Le habían descubierto. Hashîm no tenía amigos. Y ahora quería su alma para entregársela al mismísimo Alá.
Pero el todopoderoso tenía mil caminos. Y él había elegido otro distinto al de su hermano y al de la poderosísima Daesh.
Que el Cielo Santo decidiese cual era el camino correcto.
Ahmed volvió a subir la escalera a la carrera saltando los peldaños de cuatro en cuatro. Dejó atrás el pequeño salón de la reunión y saltó al tejado contiguo dos metros más abajo. Las viejas y desgastadas tejas se removieron y crujieron. Sintió como dos balas rozaban su cabeza, no sentía miedo por morir, llevaba años combatiendo en una guerra sin fin y había esquivado a la muerte en numerosas ocasiones.
Pero ahora tenía un nuevo cometido.
Si alguna de las numerosas patrullas israelíes que rondaban la zona detectaba los disparos, al instante tendrían allí a los helicópteros de guerra y si sus perseguidores de Isis o los soldados israelíes le mataban, la misión seguiría adelante sin que nadie pudiese hacer nada por detenerla.
Él era el único que podía hacerlo.
Sin pensarlo, Ahmed se deslizó por la vieja pared hasta alcanzar el angosto callejón. Parecía un túnel escavado entre las pequeñas casas de barro. El ex guerrero de Isis corrió todo lo rápido que pudo sin pensar si las balas de sus perseguidores podrían alcanzarle.
El callejón desembocó en una calle algo más ancha que se deslizaba por la pendiente donde descansaba el pueblo. Un pequeño camión ronroneaba lentamente subiendo por el camino, Ahmed sacó su pistola y encañonó al conductor que bajó sin oponer resistencia. Pudo ver a los tres hombres de Hashîm que salían del callejón.
Las balas destrozaron la luna delantera del viejo camión. Ahmed se agachó y prácticamente sin visibilidad, giró el volante todo lo que pudo cambiando el sentido del vehículo. Las gomas desgastadas de las ruedas levantaron una nube de polvo. Ahmed alzó su cabeza mirando al frente y pisó a fondo el pedal del acelerador haciendo que el camión se quejase como un viejo animal.
A unos ocho kilómetros de allí, un convoy de la ONU llevaba alimentos a los refugiados del interior de Siria. El ex guerrero del Estado Islámico enfiló el camión hacia allí. Abandonó el pueblo y condujo entre las suaves colinas que dibujaba el terreno. Pronto, por el retrovisor pudo ver la nube de polvo que levantaba el jeep todo terreno de Daesh.
El helicóptero de guerra apareció en el cielo. Era un AH-64 Apache. Ahmed no pudo ver ningún distintivo en el fuselaje del aparato, pero inmediatamente supo que pertenecía al ejército israelí, conocía muy bien aquella máquina de guerra cuyos letales misiles habían pasado decenas de veces sobre su cabeza. El helicóptero hizo una pasada a ras de suelo. Examinando. Si le disparaban todo terminaría.
El AH-64 pareció describir una lenta parábola en el cielo hasta que nuevamente encaró a los dos vehículos terrestres. Esta vez no perdió altura. Su cañón M230 comenzó a expulsar proyectiles como una auténtica boca de fuego. El pequeño remolque del camión se abrió como una lata de hojalata, pero las ruedas continuaron su avance.
Ahmed dio un volantazo y abandonó el camino, detrás de él, pudo ver como el jeep con los guerreros del Ejercito del Estado Islámico que le perseguía volaba en mil pedazos alcanzado por los proyectiles israelíes.
El helicóptero Apache giró de nuevo en el aire. Uno de sus misiles se desprendió de sus anclajes. Era el fin. Ahmed frenó en seco y dio un volantazo a la derecha. El camión rozó un pequeño árbol justo antes de que una explosión abriese un cráter en el suelo. El vehículo votó sobre el terreno izándose casi dos metros en el aire. Ahmed se agarró al volante y todos sus huesos crujieron cuando las ruedas volvieron a posarse sobre la tierra.
El camión continuó su avance mientras el helicóptero volvía a girar en el cielo preparándose para un nuevo disparo.


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