jueves, 18 de mayo de 2017

Fotos presentación "Caminos de guerra y paz"


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Algunas fotos de la presentación de mi novela "Caminos de guerra y paz", con el alcalde, Pedro, mi hermana y mi sobrina, y las editoras, Marga y Lupe.

domingo, 7 de mayo de 2017

Presentación "Caminos de guerra y paz"


La primera presentación que hago de unos de mis libros; yo y Marga estaremos encantados de recibir a todo aquel que quiera asistir.

Un saludo para todos y ya contaré como ha ido la presentación, ahora mismo decir que estoy nervioso y aún queda mas de una semana.

lunes, 13 de marzo de 2017

Publicación de "Un puñado de pastillas y otros relatos".


Después de "Leo Relatos" llega "Un puñado de pastillas y otros relatos". Se puede decir que en estos dos libros de recopilación se encuentran todos mis relatos de suspense y misterio, y aunque efectivamente todos los relatos están impregnados de suspense, no dejan de estar relacionados con temas reales y cercanos.

"Un puñado de pastillas y otros relatos" está editado por Bubok en formato digital (epub) y se encuentra distribuido en numerosas plataformas digitales.

Todos ellos son relatos que desde la primera linea ya están sumergiendo al lector en ese mundo, como decía al principio, misterioso pero a la vez cercano y real.

Solo me queda invitar a los visitantes de este blog a que lean "Un puñado de pastillas y otros relatos" y desearles que disfruten con dicha lectura.

 http://www.bubok.es/libros/250569/Un-punado-de-pastillas-y-otros-relatos

domingo, 5 de marzo de 2017

El viejo Palacio


El tren se deslizó suavemente junto al andén, levitando magnéticamente sobre el grueso y único raíl hasta detenerse envuelto en una silenciosa suavidad. Las puertas totalmente acristaladas se abrieron en un suave bufido y los pasajeros, casi todos ellos turistas procedentes del Aeropuerto Internacional de Roma, comenzaron a bajar.
El niño miró a sus padres y cuando adivinó el permiso de éstos, corrió por el andén, limpio y bañado por una suave luz blanca, mezclado entre la gente que ordenadamente buscaba la salida. Ni un guardián, ni un policía; hacía décadas que la seguridad en los espacios públicos había dejado de ser un problema en las grandes ciudades europeas, remitida únicamente a las cámaras de seguridad que enfocaban todos los movimientos de las personas.
Fabián ven –ordenó armoniosamente la voz de uno de los padres. El niño, en el acto, volvió a la vera de sus padres a los que cogió de ambas manos colocándose entre ellos. Los tres ascendieron por la rampa móvil hasta el inmenso vestíbulo. ¿Estás nervioso?
El niño sonrió indeciso.
¿Por qué iba a estarlo? –los tres salieron al radiante día romano. La esencia de la ciudad italiana había sabido codearse con los imparables avances tecnológicos que no habían dejado de aparecer en las últimas décadas; el tráfico a distintos niveles limpio y fluido y prácticamente sin atascos, había ido sustituyendo al bullicioso y humeante tráfico de las últimas décadas del siglo XX y primeras del siglo XXI. No tengo miedo si te refieres a eso.
No se refiere a eso –aclaró Daniel, el otro padre de Fabián, sabemos que eres un chico valiente.
Subieron a un taxi aéreo que sobrevoló los grandes rascacielos de la parte más moderna de la ciudad, descendiendo ligeramente según se iban acercando al centro histórico que había conseguido mantener toda la magia del que le dotaban sus centenarios monumentos.
La gran cúpula, antaño brillante y llena de colores dorados, se hizo visible, ahora sucia y descorchada, entre los inmemorables monumentos romanos; los edificios del antiguo imperio, los jardines, todos resplandecían orgullosos y perfectamente cuidados en perfecta armonía con los nuevos edificios y los nuevos artefactos tecnológicos creados en el nuevo orden social que se había ido desarrollando durante las últimas décadas; solo ese punto negro entre tanta belleza, el antiguo símbolo de siglos de Fe y poder ahora deteriorado y rodeado de un jardín espeso, oscuro e irascible que hacía casi imposible el acceso al viejo palacio.
¿Es allí donde viven los monstruos? –preguntó el niño señalando con su dedo al negro jardín.
No son monstruos –aclaró Raúl, el padre mas mayor, un hombre de aspecto saludable, alto e inequívocamente culto y educado, son personas como tú y como yo, pero que piensan de otra manera.
Son malos entonces.
Sus pensamientos son diferentes, intolerantes, y hace tiempo esa intolerancia creaba maldad, pero ahora ya no, ahora debemos respetarlos, eso ya deberías saberlo tú.
Claro que lo sé –contestó Fabián con decisión.
Ellos mismos se han convertido en marginados, pero no son monstruos, no los vuelvas a llamar así –terminó diciendo Raúl. Contaba cerca de los 60 años y era el único de los tres que había estado en Roma anteriormente, y por su edad, el único que había sido testigo directo de “los grandes cambios”, pero solo de los últimos años, cuando contaba con once tiernos añitos; tenía vagos recuerdos de aquella época, pero todos le conducían a proporcionar a su espíritu de una serena tranquilidad.
El tuvo la suerte de poder ser testigo de la consolidación de una nueva sociedad con unos nuevos valores éticos, sociales y religiosos, más bien estos últimos no eran nuevos, simplemente habían desaparecido. O casi.
La paz y los enormes logros sociales habían echado unas profundas raíces en la nueva sociedad, las desigualdades entre clases se habían reducido casi a la mínima expresión, y por supuesto, las desigualdades por creencias, razas o tendencias sexuales. Todo el mundo parecía más feliz y la intolerancia había pasado a la historia de los libros negros.
Paradójicamente, la religión había desaparecido y el mundo era mejor. 
Y este hecho no había sucedido porque el nuevo orden hubiese atacado los principios religiosos, simplemente, los siglos en busca de las libertades individuales, de la justicia y de la tolerancia, habían acabado devorando la intransigencia y la incapacidad de apertura de las religiones.
Solo quedaban algunos focos donde se refugiaban los nostálgicos de las épocas pasadas en la que las diferentes doctrinas religiosas habían acaparado y perpetuado los ideales de millones de personas.
Y uno de esos puntos estaba muy cerca.
Los tres disfrutaron del paseo recorriendo el casco antiguo de la hermosa ciudad, disfrutando de sus mágicos rincones y de los adormilados monumentos; principalmente los dos adultos, Fabián más bien, prestaba mayor atención a las palomas de las plazas y a los colores y ruidos de la bulliciosa capital italiana.
Por un momento, el niño dejó esa atención y pareció pensativo.
¿Qué te ocurre? –preguntó Raúl.
Papa, aunque no sean monstruos, ¿por qué no salen a pasear como nosotros, como todas estas personas?
Desembocaron en la gran avenida. Al fondo, se recortaba el oscuro edificio. La vieja cúpula que habían divisado desde el aire, sobresalía ahora como queriendo recuperar su perdida majestuosidad entre los árboles y los arbustos.
Raúl suspiró. Su hijo solo tenía 11 años, era inteligente, desde luego, pero aun así, no sabía cómo explicarle aquello.
Les parecemos raros –volvió a insistir.
El niño abrió sus grandes ojos y escrutó a su padre con una graciosa perplejidad.
¿Raros? Pero si son ellos los que están encerrados –la lógica del niño era aplastante.
Sí, pero en un tiempo no fue así. Mira a tu alrededor.
El niño, extrañado por las palabras de su padre, miró a su alrededor. Las gentes  caminaban por la amplia avenida, alegres y distraídas. Muchos niños como él y de edades similares, caminaban entre sus padres y sus madres. Muchos de ellos se dirigían hacia la cúpula negra.
¿Qué pasa papa?
Sigue mirando.
Todo era normal. La gente paseaba alegre y tranquila. Había niños con sus papas, como él, otros con sus mamas. Una señora rubia de pelo corto y muy guapa, dio un cariñoso beso en la boca a su mujer, o a su novia. Él aún no tenía novio, era muy joven, pero sabía que algún día lo tendría.
También había parejas de hombres con mujeres. Pero menos. Pero también era normal.
Papa no veo nada extraño.
En algún tiempo, hace mucho –Raúl no sabía si emplear el formato de cuento para decirle aquello a su hijo, sería la manera más correcta. Pero de todas formas continuó, todas las familias debían, o estaban formadas por una mama y un papa.
La sorpresa se hizo patente en la cara del niño.
Y el qué tú tuvieses dos papas –prosiguió Raúl, para mucha gente era considerado… “un pecado”. Raúl pensó en aquella palabra, pero Fabián no lo entendería, los términos que hacían referencia a las ofensas religiosas ya estaban en desuso. O habían desaparecido del diccionario, como algo que estaba mal.
El niño volvió a mirar a su alrededor con más atención.
¿Y por qué eso era lo normal papa?
Raúl miró de reojo a Daniel. El niño pronto aprendería en el colegio como se reproducían las especies, entre ellas los mamíferos, entre ellos el ser humano. Afortunadamente, ya no iba relacionado el que dos personas se amasen y quisiesen estar juntas, con el acto de la reproducción.
La especie humana no corría peligro de extinción, ni mucho menos. Todo lo contrario, gozaba de una magnifica salud, la tecnología, la genética, la medicina y las leyes, permitían tener hijos sin que fuese necesario el acto sexual entre un macho y una hembra.
Todo eso lo aprendería Fabián en el colegio.
Pero ahora…
Eso era lo normal para ellos, que todos tuviésemos un papa y una mama, a la gente como nosotros incluso nos llamaban enfermos.
El niño llevó su mano a la boca en un gesto de incredulidad.
El inmenso palacio y antaño glorioso, por fin se levantaba ante sus pies, pero ahora semidestruido, tan solo separados de los majestuosos muros y las imperturbables columnas, por la Plaza de San Pedro, cubierta por arboles viejos y cansados, y arbustos que habían agrietado las losas del pavimento; pequeños roedores paseaban entre la espesura como si aquel cambio que había sucedido a lo largo de numerosas décadas, les hubiese proporcionado una inesperada y acogedora vivienda.
Todo el recinto estaba blindado por una alta, gruesa y oxidada alambrada.
Fabián se acercó a la valla. Y a pesar de la ira que a su joven corazón había llevado las confesiones de su padre, lo hizo con precaución. Carteles de "Propiedad privada" y "Prohibido el paso" empapelaban la alambrada. Dentro también se divisaban figuras humanas, todas parecían hombres, pero también parecía haber alguna mujer. Ancianos.
El niño miró a las figuras con curiosidad y temor. Pero no tenía nada que temer, sus padres estaban a su lado.
Una de las figuras pareció mirarle en la distancia, desde el centro de la plaza.
Raúl se percató y observó con interés a su hijo que, ante el avance de la figura, se removió inquieto. Pero no se separó de la valla. La figura se plantó al otro lado de la verja y Fabián pudo apreciar con más detalle que se trataba de un hombre mayor. Anciano. Muy anciano. Encorvado y apoyado en un bastón. Su larga túnica, vieja y desgastada, aún dejaba entrever restos de su esplendor y ostentosidad.
El anciano dio otro paso. El suelo, lleno de ramas y hojas secas, crujió bajo las pisadas de los frágiles y viejos pies.
¿Son tus padres? –pronunció la voz helada, áspera y desgastada de la figura al tiempo que levantaba su dedo y señalaba a Raúl y a Daniel que en esos momentos observaban cogidos de la mano.
Fabián por fin retrocedió. Sin contestar.
Espero que seas feliz –continuó el anciano. El Señor os perdonará a pesar de todo.
Daniel hizo intento de protestar, pero Raúl apretó su mano.
Fabián se acercó de nuevo a la valla y volvió a mirar, esta vez, fijamente al rostro sereno y arrugado del anciano.
Mis padres no han hecho nada malo. ¿Qué Señor y de que habría que perdonarles? –Dijo la voz infantil pero tremendamente decidida del niño. Yo espero que quien tenga que perdonar, les perdone a Ustedes por llamar a mis padres enfermos.
El niño se retiró de la valla y volvió a coger a sus padres de la mano. Los tres se alejaron y se volvieron a mezclar entre las gentes, familias libres de prejuicios, solamente guiadas por sus sentimientos y por el respeto hacia los demás.
El viejo palacio quedó atrás con sus ancianas figuras en su interior. Tal vez arrastrando en sus viejos muros la enfermedad que sus viejas doctrinas habían querido adjudicar a las gentes que no eran como ellos deseaban.
Pero tal vez no fuese una enfermedad terminal y los viejos muros y sus ancianos moradores, aún estuviesen a tiempo de curarse.


                                                       FIN

viernes, 10 de febrero de 2017

Quico

Desempolvando los primeros relatos


Nació en el campo. Quico. Así se llamaba, o al menos, así estaba inscrito en algunos papeles, aunque nadie probablemente en toda su vida, se iba a dirigir a él llamándole con ese nombre de una manera personal y amistosa.
Quico vio por primera vez la luz de la vida en un día viejo de otoño, en un bello rincón serrano del centro del país.
Caían finas gotas de agua sobre la tierra ya empapada por varias jornadas lluviosas, mientras una claridad gris, luchaba por ocupar el lugar que la noche se resistía a abandonar. Y quizá, aquella lógica inclemencia meteorológica de aquella época del año que enseguida desembocaría en un crudo invierno cargado de hielos y nieves y que Quico y los suyos soportarían con admirable valentía, fue la primera señal de que su vida no iba a ser un apacible paseo.
Y aunque Quico se adaptó muy pronto a las duras adversidades del invierno serrano, fue este rudo clima quien le puso en su primera situación agónica, en combinación, seguramente, con las incontrolables ganas con las que le dotaba su corazón libre, joven y revoltoso, de explorar e indagar en todo lo que le rodeaba. Fue por eso indudablemente, por lo que un día de invierno, siendo muy joven aún, se encontró solo y perdido por primera vez en su vida; hasta entonces, muy pocas veces se había alejado del calor y la protección de su madre, por ende, el ser más importante y más querido en su vida.
Quedaban abundantes restos de la última y copiosa nevada y Quico se había vuelto a entretener jugando con la nieve, algo que por otra parte le encantaba y le entusiasmaba locamente.
Pero esta, vez se entretuvo demasiado.
El pequeño animal apareció entre la irregular fila de viejos arbustos que se entrelazaban como extraños seres al muro de piedra que delimitaba la extensa llanura donde Quico vivía, proveniente del otro lado, donde la tierra empezaba a ondularse, primero ligeramente para en pocos kilómetros dar paso a las áridas pendientes antesala de los altos y señoriales picos de la sierra.
Nadie se percató de la cercana presencia del animalillo que les miraba expectante, sentado sobres sus cuartos traseros, con sincera curiosidad y resaltando enormemente su color marrón grisáceo sobre la blanca nieve que cubría todo el suelo. Nadie salvo Quico y alguno de los otros jóvenes. Pero solo fue él quien empujado por su alma aventurera y valiente, se dirigió hacia el pequeño animal, sin ninguna intención de hacerle daño o en cualquier caso, emprender una discusión con el novedoso extraño, tan solo, quien sabe, el poder tener un nuevo amigo.
En el limpio y aireado interior de Quico no existía, no sabía lo que era hacer daño. No lo había aprendido, aunque sí se sentía bravo y seguro de sí mismo y a pesar de su joven edad, sentía que jamás permitiría a nadie pisotear su recién nacida dignidad.
Quico se separó de su madre que sin darse cuenta de la maniobra de su pequeño, continuó andando; con un notable reflejo de entusiasmo en su rostro y en los movimientos de su cuerpo, el joven se dirigió hacia su pretendido nuevo amigo que al verle llegar a él, dio media vuelta a una extraordinaria velocidad, atravesó el muro por el pequeño y casi invisible roto y se perdió tras los arbustos.
Quico se detuvo en seco. En su rostro apareció una extraña expresión de sorpresa que reemplazó al entusiasmo existente. ¿Por qué huía? ¿Qué le habría pasado al nuevo ser para que decidiese no esperarle? No lo entendía demasiado. Era demasiado joven y en su cerebro tenía ordenadas demasiadas pocas pautas de comportamiento, de él y de los demás seres que le rodeaban.
El desanimo abordó al joven Quico, había puesto un enorme interés en el nuevo ser, era la primera vez que veía a alguien que se moviese y respirase distinto a los suyos, salvo aquellos otros que con cierta frecuencia les visitaban y a él y a los otros jóvenes y les examinaban de manera posesiva, vanidosa, amenazadora, como si estuviesen esperando algo de ellos, “los estirados” como había decidido llamarles.
Pero en aquel momento, el joven Quico no tenía para nada en mente a “los estirados”, solo su intento fracasado de ponerse en contacto con el nuevo animal. No sin esfuerzo y espoleado por nuevas y más intensas energías, atravesó el roto en el muro de piedra y consiguió por fin atravesar la línea de matorrales. A lo lejos pudo distinguir la oscura sombra que se alejaba corriendo. Quico no se lo pensó y emprendió la carrera. Pero aquel ser era demasiado rápido.
Pronto desapareció de su vista. Quico se detuvo después de su larga carrera, cansado, exhausto y desanimado. Su nuevo amigo había desaparecido definitivamente. Miró hacia atrás. El cerco, los arbustos habían desaparecido también. Se sintió aterrado. Lejos de su madre y de los suyos, por primera vez sintió frio, un frio demasiado intenso para que su tierno y joven cuerpo lo pudiese resistir durante un cierto período de tiempo.
Emprendió la carrera hacia atrás, pero ni rastro del cerco, solo la vasta llanura cubierta de blanco. Se volvió a detener. Sentía como la angustia empezaba a invadir cada una de sus jóvenes células. Volvió a correr. Pronto, la noche lo invadiría todo y el frio se haría mucho más intenso. Corrió sin parar. De repente se paró en seco. Un grito a lo lejos. Un grito que él conocía muy bien. Su madre le llamaba. Escuchó atento. El grito volvió a sonar. Quico corrió en su dirección. La valla de arbustos apareció a lo lejos. Corrió. Su madre le volvió a llamar. Quico trepó ansioso la valla de piedra raspándose su pequeño cuerpo, arañándose, pero no le importó. Su madre le esperaba inquieta. Los dos se fundieron en un solo cuerpo.
Durante un tiempo, el joven tuvo muy en cuenta su desafortunada aventura e intentó no alejarse demasiado sin perder de vista a su madre ni a los suyos.
Nunca volvió a ver a su amigo y todo pareció transcurrir con normalidad hasta que llegó el día más fatídico de su existencia, el día que supo que toda su vida había estado dirigida y lo continuaría estando por “los estirados”, que desde entonces se convirtieron en sus enemigos.
Era uno de los últimos días de primavera, un día caluroso y completamente despajado, Quico sintió su llegada, llegaron de todas partes, nunca él los había visto tan de cerca. Poco a poco fueron rodeándoles, a todo el grupo, para después ir separando a los pequeños de sus madres. Quico escuchaba los tristes lamentos y gemidos de sus compañeros, los gritos de rabia y agonía de las madres, intentó resistirse, correr tras su madre, pero varios de “los estirados” ayudados por otros enormes bichos, le cortaron el paso y le forzaron a tirarse al suelo; el joven se vio empujado fuertemente detrás de los otros pequeños que ya reunidos, fueron obligados a caminar juntos.
Todo eras caos, lamentos, incertidumbre, todos los pequeños sollozaban, llamaban a sus madres. Pero no hubo respuesta. El pequeño Quico sentía su corazón destrozado pero sabía que no volvería a ver a su madre. Nunca.
Desde aquel día, la presencia de “los estirados” se hizo mucho más asidua, observándoles a todos ellos. Los días pasaron con la obligada y dolorosa resignación de los jóvenes, hasta que nuevamente fueron rodeados. No había pasado mucho tiempo desde el día de la separación, muchos de ellos aún no lo habían superado, pero aquellos seres, ajenos a su dolor, les hicieron pasar humillantemente uno a uno por un estrecho pasillo por el que apenas se podían mover. Quico sintió un dolor inmenso. Cuando le soltaron corrió rabioso, insultándolos a todos ellos, ansioso de descargar su rabia contra ellos, de poder coger a alguno y castigarle, de acabar con ellos. Pero no podía cogerles.
Al cabo de unos minutos su dolor cesó y su rabia se fue calmando. Y Quico se llenó de odio.
Desde entonces, la vida de Quico y la de sus compañeros transcurrieron paralelas a la de “los estirados”. Sentía su continua presencia. Empezó a llevar una falsa apacible vida. “Los estirados”, como si nada hubiese pasado, como si su madre aún estuviese con él, como si los pequeños que habían ido desapareciendo aún estuviesen allí, a veces parecían querer ser sus amigos, se mostraban amistosos y les dedicaban atenciones especiales, pero que no calaron en el corazón del joven que solo vio un gran puñado de falsedad en sus enemigos haciendo aumentar aun más su resentimiento hacia ellos.
La  agresividad, entonces, se hizo mucho más visible en Quico, sobre todo hacia “los estirados”. El joven empezó a destacar entre sus compañeros y contra más visible era su antipatía hacia “los estirados”, más admiración parecía despertar entre ellos; empezó a recibir un trato especial, venían a verle “estirados” de muy distinta procedencia exclusivamente para admirarle, admirar su violencia solamente con designios que ellos sabrían y que Quico no llegaba a entender.
El tiempo transcurrió. Quico se hizo adulto, sus amigos fueron desapareciendo uno a uno, llevados por “los estirados” hacia algún lugar desconocido para él.
Una soleada mañana de primavera, igual que cuando le separaron de su madre, un puñado de “estirados” vino a verle, pero esta vez no para contemplarle ni para mostrarle su admiración, Quico supo enseguida que venían a por él, se defendió con toda su alma, hubiese matado hasta el último de aquellos malditos, pero ellos eran más y con más recursos, pronto le encerraron en una cárcel oscura y le sacaron de su hogar. Quico nunca más volvió.
Le mantuvieron encerrado, castigado y prisionero en un pequeño calabozo aumentando aún más su furia, hasta que una tarde, pocos días después de haberle apresado, alguien abrió una puerta. Quico corrió, enfurecido, buscando solo su libertad e intentado huir de sus más acérrimos enemigos, pero todo era una trampa. No había libertad. Quico se vio rodeado de montones de estirados que gritaban enfurecidos, enrabietados, llenos de entusiasmo por tenerle en el centro de sus deseos.
Pero Quico no se acobardó. Más que nunca se sintió valiente, libre y lleno de orgullo y se abalanzó a por el primer “estirado” que vio, dispuesto a plantar batalla hasta la muerte.

                                                         FIN